"El Mortzestus, un velero de tres palos, tiene fama de ser una embarcación con mala estrella. Sin embargo, todo parece ir bien al principio... excepto por las sombras".

30 de septiembre de 2015

Silent Hill: No camines en silencio

Silent Hill
Las películas basadas en videojuegos ocupan uno de los últimos lugares en el escalafón de mis apetencias cinematográficas, no demasiado por delante de las películas de superhéroes. Buena parte de la culpa procede de la decepción que supuso Alone in the Dark, vista mucho antes de haber oído hablar de Uwe Boll. Y aunque el olvido suele comportarse como un amigo compasivo tampoco puedo evitar recordar el hastío experimentado ante Resident Evil, transmutado en película de acción y vehículo para el lucimiento de la futura esposa de su director. Lo perpetrado en esta última fue causa de la reticencia con que me aproximé a Silent Hill, tambien inspirada en una serie de videojuegos de horror a los que en este caso ni siquiera había jugado. De hecho, la posibilidad de hacerlo prácticamente ha dejado de existir: hace unos años Konami afirmó haber perdido el código fuente de la segunda y tercera entrega, llamando la atención una vez más sobre la necesidad de preservación de los videojuegos.

Siento cierta ambivalencia ante la adaptación cinematográfica de Silent Hill. Por una parte, su argumento narra una historia sobre espíritus vengativos mil veces ya contada, sin demasiadas sorpresas ni nada que la haga especial exceptuando su vagamente inesperada conclusión. Pero, antes que en cansados sustos de corte tradicional, la capacidad terrorífica de la película se basa en la acumulación de elementos de sutileza variable y así, el guion se las arregla para discurrir por derroteros cercanos al horror psicológico, al tiempo que la cámara no escatima planos de los terribles habitantes que pueblan sus evocadores escenarios. Así mismo, Silent Hill resulta hermosa en su búsqueda del horror, en la que una fotografía excelente y una muy apropiada banda sonora contribuyen a generar la atmósfera perturbadora que a la postre constituye su elemento más memorable.

Silent Hill ha sido frecuentemente acusada de incomprensible para quienes no estén familiarizados con los videojuegos en que se inspira. Pero desprovisto de lo accesorio, su guión es sencillo en extremo y confía muy pocas cosas a la imaginación de cualquier espectador que conozca las convenciones del género. Se trata de un nuevo triunfo del envoltorio sobre la sustancia que remite a la obra previa del director Christophe Gans, aquella Le pacte des loups visualmente impactante y narrativamente intrascendente. Sin embargo, el elemento que realmente redime a Silent Hill es una atención al detalle que traiciona el amor de su director por el material original. No puedo saber si Silent Hill es una adaptación fiel al espíritu de los videojuegos pero todo en ella emana respeto por los mismos.

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