"El Mortzestus, un velero de tres palos, tiene fama de ser una embarcación con mala estrella. Sin embargo, todo parece ir bien al principio... excepto por las sombras".

31 de marzo de 2015

Otros usos de la nostalgia

Despegue de la misión Apollo 11
Una de las ideas que últimamente me obsesiona es la necesaria relación entre toda obra de ficción y el contexto histórico que la genera. La ciencia ficción me fascina especialmente por su frecuente uso de ambientaciones de corte futurista que sin embargo no pueden evitar ser, si no un reflejo, sí un producto de las circunstancias sociales, políticas y económicas del entorno en que surgen. La dialéctica generada por la Guerra Fría es quizá uno de los ejemplos más evidentes, con el enfrentamiento entre bloques impregnando buena parte de la ciencia ficción elaborada durante un periodo en el que lo postapocalíptico cobra popularidad. Pero al mismo tiempo también aparecen numerosas obras de caracter más optimista, impulsadas quizá por los cambios en las sociedades occidentales y la relativa bonanza (no exenta de baches) de eso que recibe el nombre de ciclo económico.

Por ello me cuesta no atribuir en parte el carácter mayoritariamente pesimista y hasta nihilista de la ciencia ficción actual a la asfixia económica impuesta desde arriba, que casi ha logrado volvernos incapaces de soñar con mundos mejores. La lógica del mercado aplasta hoy todas las escalas de valores excepto la puramente económica, obligándonos a asignar precio a lo intangible. No hay grandes diferencias entre el neoliberalismo que imperaba en la década de los ochenta y el actual, aunque ahora se acompaña de los tintes totalitarios adquiridos por unos sistemas políticos que, libres del contrapeso ideológico del bloque socialista, ya no necesitan demostrar que son "los buenos". Es revelador que la competencia con China aparezca a menudo en el discurso público en términos casi exclusivamente económicos, ignorándose costes sociales y diferencias políticas.

Pero una diferencia fundamental entre los mencionados años ochenta y la época actual está en nuestra percepción del progreso. La sensación de ir hacia delante que a pesar de todo existía entonces no es comparable con el estancamiento y el miedo al futuro que hoy están presentes en amplias capas de la sociedad, hallando eco en la ficción. Así, resulta inevitable que el mercado de la nostalgia privilegie unos años ochenta en los que a pesar del peligro nuclear el mañana no parecía necesariamente amenazador. En este sentido yo también siento añoranza por aquella década, no por la pretendida superioridad de sus productos culturales sino por el recuerdo de tener la casi total certeza de que el futuro sería mejor que el presente.

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