"El Mortzestus, un velero de tres palos, tiene fama de ser una embarcación con mala estrella. Sin embargo, todo parece ir bien al principio... excepto por las sombras".

30 de septiembre de 2014

Halt and Catch Fire: Épica empresarial

Retromania, por Simon Reynolds
Hace algunas semanas que finalmente encontré la ocasión de leer Retromania de Simon Reynolds, una exhaustiva obra sobre las múltiples maneras en las que la cultura actual se autofagocita. El texto podría haber sido menos prolijo pero a cambio el análisis de las formas en las que la cultura es consumida en la actualidad resulta muy esclarecedor, centrándose sobre todo en lo musical pero sin olvidar otros medios. Reynolds incluso tiene en cuenta la importancia de la moda, insustancial en apariencia pero capaz de fijar de manera perenne la imagen de una época en el imaginario colectivo. Sin embargo, un elemento interesante en el que Retromania no se detiene es el creciente interés en nuestros días por la historia de la informática de consumo y la nostalgia por los primitivos ordenadores personales de los años setenta y ochenta del siglo pasado. El llamado retrogaming está en auge y hasta mi viejo Amstrad CPC ha dejado de ser una antigualla inútil para adquirir un inesperado estatus como pieza de coleccionista.

Halt and Catch Fire
La reciente serie Halt and Catch Fire trata de capitalizar este interés en la paleoinformática, sazonándolo además con algo de la ubicua nostalgia ochentera que se resiste a dejar paso al recuerdo de otras décadas. De manera similar a lo que ya hiciera un telefilme como Pirates of Silicon Valley con las muy reales Apple y Microsoft, Halt and Catch Fire narra los esfuerzos de la ficticia Cardiff Electric por diseñar un PC portátil compatible con las máquinas de una IBM que por entonces aún fabricaba hardware. Por desgracia Halt and Catch Fire no pasa de ser un insulso relato sobre el heroísmo corporativo, donde los personajes se obsesionan con llevar a cabo un proyecto que saben más grande que ellos mismos pero perciben como una expresión de su propia individualidad. Lo discordante de esta visión no deja espacio para el drama humano y no hace sino reflejar las contradicciones de un sistema en el que todos somos engranajes.

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