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Mostrando entradas de septiembre, 2014

Halt and Catch Fire: épica empresarial

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Hace algunas semanas que finalmente encontré la ocasión de leer Retromania de Simon Reynolds, una exhaustiva obra sobre las múltiples maneras en las que la cultura actual se autofagocita. El texto podría haber sido menos prolijo pero a cambio el análisis de las formas en las que la cultura es consumida en la actualidad resulta muy esclarecedor, centrándose sobre todo en lo musical pero sin olvidar otros medios. Reynolds incluso tiene en cuenta la importancia de la moda, insustancial en apariencia pero capaz de fijar de manera perenne la imagen de una época en el imaginario colectivo. Sin embargo, un elemento interesante en el que Retromania no se detiene es el creciente interés en nuestros días por la historia de la informática de consumo y la nostalgia por los primitivos ordenadores personales de los años setenta y ochenta del siglo pasado. El llamado retrogaming está en auge y hasta mi viejo Amstrad CPC ha dejado de ser una antigualla inútil para adquirir un inesperado estatus como…

...y todos para uno

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Arturo Pérez-Reverte es un autor a menudo vilipendiado, de filiación política cuestionable y frecuentemente tachado de altivo, cuando menos. Hace tiempo que dejé de seguir su carrera y, aparte de su ingreso en la RAE, apenas sé de él que compatibiliza su abundante producción de bestsellers con la de columnista ocasional en diversos medios. Sin embargo hubo una época en la que dejar caer su nombre en conversaciones sobre libros no suponía arriesgarse al inmediato escarnio a manos del esnob de turno. Incluso era posible proclamar interés en su obra a cara descubierta, sin camuflar esta afición tras la estupidez posmoderna y autocensora del placer culpable.

No recuerdo cuándo o cómo conocí a Pérez-Reverte pero no he olvidado que terminé con uno de sus libros en mis manos tras leer un artículo nada menos que en la efímera edición española de la revista Dragón. Aquella extensa reseña de El club Dumas parecía fuera de lugar entre tanto texto dedicado a Dungeons & Dragons, pero consigui…

School of Rock: contrarrevolución

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Una de las visiones del rock que encuentro más difícil de asimilar es la que se esfuerza en retratarlo como una disciplina de carácter monolítico, regulada por múltiples normas y poblada por un número creciente de artistas intocables y discos imprescindibles. Un melómano ya no puede limitarse a cultivar las parcelas de su interés porque el eclecticismo ha dejado de ser una opción personal para convertirse en algo exigible a todo connoisseur. De este modo, cada uno de los álbumes que aparecen entre los quinientos mejores de todos los tiempos según la NME —o en cualquier otra lista de moda— merece nuestra atención y su escucha es exigible, sin importar que prefiramos el punk o el funk: el hipsterismo se ha consolidado como la vertiente musical del pensamiento único.

Este afán por considerar el rock como una rama más del saber puede verse con claridad en una película como School of Rock, que señala los estrechos cauces por los que debe discurrir la música popular y el inmenso número de …