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Mostrando entradas de agosto, 2014

Prometheus: la ciudad de los antiguos

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Ya antes de su estreno Prometheus era una película polarizadora, que dividía al público entre quienes aplaudían el retorno de Ridley Scott a sus raíces y los que criticaban la reescritura del guión llevada a cabo por Damon Lindelof. Pero mi sensación tras el primer visionado fue la de hallarme ante una obra incompleta, protagonizada por personajes cuya motivación era un misterio impenetrable y con un argumento que parecía tejido en ganchillo, de puro agujereado. En aquel momento pensé que, como ya ocurriera con El reino de los cielos, un futuro montaje del director solucionaría parte de estos problemas. Pero en esta ocasión la respuesta de Scott fue que la versión estrenada en cines era la definitiva y que ahí quedaría todo, al menos hasta la incierta llegada de un segundo capítulo. Aún así, los dos años transcurridos desde entonces han hecho que pueda revisitar esta película con ánimo de disfrutarla a despecho de sus numerosas deficiencias: no en vano Prometheus goza de un arranque …

Ruby Sparks: manzanas rojas

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Una de las categorías empleadas con menos acierto a la hora de hablar de cine probablemente sea la comedia romántica. Casi cualquier narración que tenga como eje una historia de amor de tono amable —o al menos no abiertamente trágico— es susceptible de ser clasificada bajo esta etiqueta, cada vez más despojada de su valor descriptivo por este tipo de abusos. Aún así, una película como Zack and Miri Make a Porno podría ser considerada con relativo acierto como una comedia romántica al uso a pesar de su sorprendente envoltorio y, sin embargo, sería necesario carecer de todo criterio para hacer extensiva la misma categoría a Don Jon.

Algo similar ocurre con Ruby Sparks, una cinta clasificada como comedia romántica a despecho de un elemento humorístico mínimo y completamente accesorio. Mis prejuicios me hubieran preparado para una historia predecible, convencional y completamente inofensiva que habría preferido ignorar para dedicarme a otros menesteres más interesantes. Sin embargo mi cu…

Exceso de maquillaje

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Al igual que tantos aficionados a la música conocí a Lana del Rey hará unos tres años, cuando un buen número de blogs musicales comenzaban a proporcionar una cobertura inusitada a una cantante que aún no había publicado su primer álbum (olvidemos aquel debut retirado de la circulación). El debate se centraba en torno a la autenticidad de la cantante y si su fachada de artista multimedia era real o si se trataba de un producto manufacturado. El hype terminó por llegar a tales niveles que no me quedó otro remedio que escuchar el single «Video Games»para enterarme de qué iba todo aquello. La voz de contralto de la neoyorquina no terminó de cautivarme pero si algo me quedó claro fue la capacidad de páginas como Stereogum o Pitchfork de generar expectación y alimentar controversias, comparable a las hazañas de la NME en los años noventa del siglo pasado.

Habida cuenta de la capacidad de estos medios para crear opinión no puedo evitar indignarme ante el tratamiento realizado por Pitchfork