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Mostrando entradas de marzo, 2014

El fondo del aire es rojo: me arrepiento de nada

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Estos días son habituales los lamentos a propósito del declive de la agenda cultural madrileña, evidenciado en los cierres de sus cines, teatros y salas de conciertos. Pero en lo relativo a estas últimas hace ya años que tengo la sensación de que su posición como alternativa de ocio ocupa un plano cada vez más discreto, con la mayoría del público limitándose a asistir a las actuaciones de bandas de las que ya es fan e ignorando a los grupos noveles. Estos últimos se ven así desprovistos de uno de los canales más efectivos para dar a conocer su música, a despecho de lo que nos han contado acerca de las posibilidades que ofrece internet.

Espíritusanto ha sido uno de esos grupos que he conocido en un concierto al que asistí de manera casual. Esta banda madrileña aúna un buen número de referencias de los años ochenta y noventa para desarrollar un sonido que, aunque basado en las guitarras eléctricas, le debe no poco carácter a su componente electrónico y a la especial personalidad que le…

Kill List: círculos de piedra

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El cine de terror me ha parecido un valor seguro desde que tuve edad para disfrutar de cierta autonomía televisiva. Incluso cuando todavía era posible frecuentar videoclubes la sección de terror era mi primera parada si lo que buscaba era simplemente pasar un buen (mal) rato. Y es que, aunque encontrar malas películas en el campo del horror sea tan fácil como en cualquier otro género, siempre he pensado que sí es más difícil que sean aburridas: al menos si se goza de disposición macabra y buenas tragaderas. Pero lo cierto es que en los últimos años no he mostrado tanto interés por el horror cinematográfico como solía, a pesar de que la aclamada The Cabin in the Woods haya hecho bastante por revivir mi interés en el mismo. Igualmente, The Conjuring me ha parecido un esfuerzo más que notable, descollando por encima del resto de la obra reciente de James Wan.

Sin embargo, la película que realmente me ha hecho recordar qué encontraba de atractivo en aquellos terrores sobrenaturales e inv…

Lush: memoria de lo efímero

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Buena parte de mi presente fascinación por las bandas agrupadas bajo la ambigua etiqueta de shoegazing arranca de un temprano interés en el carácter etéreo de Cocteau Twins, así como de la curiosidad por el aura de malditismo que durante mucho tiempo arropó a grupos como Ride. A finales de los años noventa del pasado siglo solía relatarse cómo el shoegaze había reducido la escena musical británica a la irrelevancia, propiciando su conquista momentánea por la invasión grunge y salvándose tan solo gracias a la heroica aparición del britpop, cual oportuno San Jorge. Tal interpretación no ofrecía fisura alguna y una revisión positiva del shoegazing no ha sido posible hasta fecha reciente, auspiciada por la aparición de un buen puñado de nuevos grupos ansiosos por reivindicar aquellos sonidos y culminando con el retorno de algunos miembros de la vieja guardia como Swervedriver y hasta de luminarias del calibre de My Bloody Valentine o Slowdive.

Pero de las bandas que conformaron aquel sho…