"El Mortzestus, un velero de tres palos, tiene fama de ser una embarcación con mala estrella. Sin embargo, todo parece ir bien al principio... excepto por las sombras".

24 de febrero de 2013

La taylorización del héroe

No hace tanto que mencionaba mi desagrado por el concepto de placer culpable, idea que se me antoja empleada en exceso y, tomada en serio, demasiado afín a ejercicios de hipocresía tales como la preocupación de puertas para afuera por la marca España. Personalmente prefiero ir más allá del "esto no debería gustarme" para abrazar mis intereses más oscuros e intentar descubrir su fuente, evidente en algunas ocasiones y precisando de algo de introspección en otras.

Mi afición a la narrativa de corte pulp es una de esas debilidades cuya procedencia no tengo del todo clara aunque suela responsabilizar a Verne, Stevenson y demás culpables de haber cultivado mi gusto por la aventura. Aún hoy continúo disfrutando con los mitos de Cthulhu, leyendo números atrasadísimos de Savage Sword of Conan, revisitando a Salgari cada tanto e incluso lanzándome a descubrir la obra de autores de la catadura de Edgar Rice Burroughs, una de esas lecturas que sólo parecen tener sentido durante la adolescencia más temprana. Pero precisamente ha sido mi reciente encuentro con A Princess of Mars la causa que me ha impedido disfrutar del visionado de John Carter, amén de sus numerosos problemas de guión. Los elementos más arriesgados de la novela de Burroughs han sido cuidadosamente expurgados para convertir su adaptación en una película de aventuras inofensiva, apta para todos los públicos y dolorosamente actual. Hubiera preferido un John Carter quizá más trasnochado y políticamente incorrecto pero que no se avergonzara de su pasado folletinesco.

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