"El Mortzestus, un velero de tres palos, tiene fama de ser una embarcación con mala estrella. Sin embargo, todo parece ir bien al principio... excepto por las sombras".

30 de septiembre de 2012

De ratones y hombres

Las etiquetas son herramientas útiles cuando se evita usarlas como categorías rígidas y restrictivas, de las que confinan antes que definen. Y sin embargo me parece llamativo el mal uso sistemático y excluyente del término ciencia ficción, que en ocasiones se adjudica demasiado a la ligera a obras de naturaleza más bien fantástica mientras que otras veces se le niega a narraciones de carácter claramente especulativo pero que no se ajustan a los cánones de naves espaciales, robots y alienígenas.

La causa más probable es que la space opera - representada sobre todo por Star Wars, Star Trek y tantos otros productos populares - ha secuestrado el concepto original de ciencia ficción, despojándolo de su contenido primigenio y haciendo que numerosos clásicos del género parezcan hoy poco dignos de ser incluidos en el mismo, al menos a ojos del gran público. Pero éste es un campo extraordinariamente amplio, que se resiste a ser definido de manera precisa y que históricamente ha dado cabida a autores de estilos dispares e intereses de lo más diverso. Por ejemplo, buena parte de la producción literaria de Isaac Asimov podría ser considerada ciencia ficción sin duda alguna pero algo parecido cabe decir de la obra de un autor tan diferente como Theodore Sturgeon.

Más cercano a este último se encuentra Flores para Algernon de Daniel Keyes, ganadora del premio Hugo en su primera encarnación como cuento y del Nébula unos años más tarde, ya convertida en novela. Ambas versiones de la obra narran la evolución de un experimento cuya finalidad es aumentar la inteligencia del ser humano, mostrándonos los acontecimientos a través del diario escrito por el sujeto de estudio. El relato es probablemente uno de los más memorables que he leído jamás y si he tardado décadas en enfrentarme a su "versión extendida" es porque no pensaba que una narración tan excepcional pudiera beneficiarse de una mayor prolijidad. Por otra parte, la novela profundiza mucho más en el tratamiento de ciertos aspectos además de adentrarse en algunos nuevos pero el tema fundamental continúa siendo el mismo. Aunque se esfuerce por buscar un nuevo punto de vista, Keyes habla de algo tan antiguo como el conflicto entre lo racional y lo emocional, con especial énfasis en que no sólo es nuestro intelecto lo que nos hace humanos.

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