"El Mortzestus, un velero de tres palos, tiene fama de ser una embarcación con mala estrella. Sin embargo, todo parece ir bien al principio... excepto por las sombras".

25 de enero de 2010

Legado apócrifo

Las adaptaciones cinematográficas de la obra de H.P. Lovecraft ciertamente nos han deparado una buena cantidad de horrores. Pero por desgracia no me estoy refiriendo al horror cósmico tan amado por el caballero de Providence sino al horror mucho más pedestre que en los círculos de expertos suele ser denominado "bodrio". A pesar de la existencia de al menos una honrosa excepción (que me gustaría tratar en estas páginas) y del hipotético proyecto de Guillermo del Toro para filmar En las montañas de la locura el legado de Lovecraft ha aparecido con mayor fidelidad no en las películas directamente inspiradas por su obra sino, paradójicamente, en historias a priori ajenas a la misma pero que encapsulan su espíritu con un acierto quizá no del todo intencional, como La cosa de John Carpenter.

Al añadir a lo expuesto el precedente patrio de la nefasta Dagon no podía evitar afrontar la visión de La herencia Valdemar con una mezcla de ilusión y pesimismo en parecidas dosis. Sin embargo el título parecía prometedor, añadiendo una referencia a Poe a la ya suficientemente jugosa pretensión de estar inspirada por el universo lovecraftiano. Pero al mismo tiempo me inspiraba un cierto recelo por su omisión de la preposición "de", al estilo de lo que ha sido la aportación más perdurable de El código Da Vinci y el resto de novelas de rosacruces y templarios.

La herencia ValdemarLa película en sí es una obra inconclusa por diseño que se interrumpe a modo de teleserie, dejando a uno de los personajes principales colgando del proverbial precipicio siguiendo las convenciones más folletinescas. El argumento principal es meramente esbozado mientras que el grueso del metraje transcurre como un flashback que nos proporcionará el trasfondo necesario para entender la futura segunda parte, que no será estrenada hasta el próximo festival de Sitges. No entendí la España alienígena que se nos muestra y en la que incluso existen dirigibles y casas victorianas, ni la presencia mefistofélica de Aleister Crowley o las apariciones gratuitas de otros personajes reales tan dispares como Bram Stoker y Lizzie Borden. Y ciertamente no percibí ningún atisbo del miedo a lo desconocido o la insignificancia del hombre en el cosmos, las ideas centrales presentes en el grueso de la obra de Lovecraft: en su lugar me topé algo tan ajeno al escritor norteamericano como una historia de amor. La sensación que persiste tras La herencia Valdemar es haber visto un poco interesante batiburrillo y el pequeño anticipo de la segunda entrega que pudimos ver al final no despertó mi apetito. Más bien sirvió para que echara de menos una voz en off que dijera "en próximos episodios..."

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