"El Mortzestus, un velero de tres palos, tiene fama de ser una embarcación con mala estrella. Sin embargo, todo parece ir bien al principio... excepto por las sombras".

26 de noviembre de 2009

Dunkelbier

El norteamericano Tim Powers es uno de los pocos escritores que han conseguido mi rendición a la primera salva. Leí La fuerza de su mirada casi por casualidad, quedando fascinado por la osadía de Powers al incluir entre los personajes de una novela decididamente fantástica a unos cuantos poetas del romanticismo inglés, con un lugar de honor para Lord Byron y su copa de amatista. El segundo asalto no tardó mucho en llegar con La última partida, nuevamente una novela con un fuerte componente fantástico aunque estuviera ambientada en la actualidad. Esta vez el hilo conductor era un extraño juego de cartas, un híbrido de póquer y tarot en el que, como no, los participantes no se limitaban a apostar su dinero y lo que se depositaba sobre el tapete era algo mucho más valioso.

La llorada desaparición de las colecciones de fantasía de la editorial Martínez Roca sirvió para que encontrara Cena en el palacio de la discordia en la sección de saldos de unos grandes almacenes, a un precio más que irrisorio. Pero esta novela, con su desangelada ambientación futurista y postapocalíptica sin apenas referencias al mundo que conocemos, me pareció de menor calado que La fuerza de su mirada, ya por entonces uno de mis libros de referencia en el terreno de lo fantástico. Y mi última adquisición hasta fecha reciente fue The Anubis gates, que viene a ser al mismo tiempo uno de mis recuerdos más atesorados de mi experiencia Erasmus, la narrativa de Powers en su plenitud y una decocción de ingredientes tan personales como interesantes: la Inglaterra victoriana, viajes por el tiempo, historia alternativa, steampunk y nuevamente Lord Byron, aunque no recuerdo que la famosa copa se mencionara en esta ocasión.

No entiendo muy bien como tras haber leído una novela tan fantástica como Las puertas de Anubis pude olvidarme de este escritor durante años. Es cierto que Powers adolece de unas cuantas manías y en ocasiones la claridad de su prosa es menos que meridiana pero no recuerdo haberme sentido tan exasperado leyéndolo como me ocurriera con William Gibson, un escritor que ya sólo me produce hastío. Y casi por casualidad he vuelto a hallarme de nuevo con un libro de Powers entre manos. Acabo de pasar algunos días atrapado con The Drawing of the Dark (publicado aquí con el infame título Esencia oscura) y me ha llenado del mismo entusiasmo que recuerdo haber sentido años atrás. Ni siquiera me importa que lo que parecía comenzar como la historia de un mercenario durante el sitio de Viena haya terminado por dar paso a la enésima revisión de la leyenda artúrica. Además uno de los elementos centrales de esta magnífica novela es nada menos que la cerveza negra, sagrado néctar al que a partir de ahora me aproximaré con un nuevo respeto.

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