"El Mortzestus, un velero de tres palos, tiene fama de ser una embarcación con mala estrella. Sin embargo, todo parece ir bien al principio... excepto por las sombras".

12 de junio de 2009

Arañar la superficie

Tras treinta años en activo casi cualquier banda habrá sido capaz de ofrecer tanto lo mejor como lo peor de lo que sus componentes sean capaces. Es muy probable que también haya dejado atrás cualquier posible evolución estilística y desde luego que será casi imposible que la capacidad de sorprender continúe formando parte de su arsenal. El caso de The Cure se ajusta bastante a este patrón y en la actualidad son dueños de un sonido tan característico y personal como inmutable. Me resulta difícil ver este sonido como otra cosa que no sea pop y sin embargo es más frecuente que The Cure sean percibidos como los grandes abanderados del rock gótico, probablemente ayudados por la imagen del propio Robert Smith o de secuaces como Simon Gallup.

TrilogyEsta peculiar imagen y las cualidades sombrías del grupo siempre han tenido mucho peso a la hora de buscar una categoría apropiada para The Cure. Hace tan solo unos años se habló mucho de la trilogía formada por tres álbumes que según Smith se hallaban unidos por lazos difusos: Pornography, Disintegration y Bloodflowers. Ninguno de esos discos me deja indiferente y todos ocupan sendos lugares de honor en mi discoteca pero los medios se hicieron eco de aquellas palabras, magnificándolas para poder hablar de continuidad siniestra y unidad temática donde yo sólo veía tres álbumes muy distintos, separados por abismos sonoros de tal profundidad que bien hubieran podido ser publicados por bandas diferentes. Es cierto que las diferencias entre Disintegration y Bloodflowers son más tenues y que canciones como Fascination Street podrían haber sido incluidas en cualquiera de los tres discos sin desentonar demasiado pero soy incapaz de imaginar otras como The Figurehead o Maybe Someday fuera de sus contextos respectivos de post-punk y pop tristón.

The head on the doorPero mi apreciación por The Cure se basa en su buen hacer como grupo de pop, casi llegando a deslumbrar por su brillo en The Head on the Door y Wish, dos álbumes de los que se habla mucho menos que del tan manoseado Disintegration. Es en este campo donde la banda inglesa lleva años desenvolviéndose con comodidad, superados sus iniciales y efímeros devaneos punk o sus etapas más decididamente siniestras. Pesadumbre y oscuridad han continuado presentes pero Smith siempre ha descalificado todo intento de etiquetar su música, mostrándose especialmente combativo a la hora de rechazar cualquier acusación de goticismo. Y aunque es cierto que The Cure es un grupo famoso por lo tétrico de su sonido también ha demostrado poseer una almibarada sensibilidad pop además de gran capacidad para moverse entre ambas vertientes con soltura, hasta el punto de que por cada Lullaby que encontremos en sus álbumes también hallaremos un Close to Me o un Friday I'm in Love. Pero una etiqueta reduccionista es probablemente más cómoda para un comensal que prefiera ignorar la complejidad del menú.

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