14 de abril de 2015

Edificando la realidad

He visitado la Fundación Juan March en numerosas ocasiones pero le tengo cierta manía desde que uno de mis profesores tachara de gánster al "emprendedor" que le da nombre. La curiosidad despertada por el uso de tan poco amable epíteto me llevó a realizar una breve pero instructiva investigación en la que, una vez más, pude comprobar que la acumulación de determinados volúmenes de capital tiene poco que ver con la honestidad. En cualquier caso recientemente volví a encontrarme en ese edificio, buscando inspiración visual en una exposición dedicada al art déco. Mi recorrido parecía seguir la perfumada estela dejada por una señora ya entrada en años, escoltada por quien debía ser su hijo. Pero su frase "¿Qué tenemos de Lalique en casa?", pronunciada mientras admiraba unas figuras de vidrio, se ha convertido en un recuerdo imperecedero que de seguro permanecerá en mi memoria cuando ya haya olvidado todas las piezas de la exposición. Me gusta considerar esta anécdota como un momento de epifanía que hubiera sido capaz de hacer brotar la conciencia de clase en las mentes más yermas y desde luego que aquella simple pregunta estaba en sintonía casi perfecta con el entorno, consistente en un edificio erigido a la memoria de un banquero y emplazado en un barrio distinguido repleto de carísimas tiendas de decoración aptas para nuevos y viejos ricos.

Tan solo una vez he visto expuesto algún objeto del que yo poseyera un ejemplar: una humilde baraja infantil con ilustraciones de Mortadelo y Filemón y que desconozco cómo ha sobrevivido todos estos años en mi casa, conservando su integridad y sin haber sido heredada por algún joven primo. Tampoco sé cuándo me convertí en uno más de los listillos que afirman con desdén que Ibáñez copió mucho de André Franquin, pero aquellos tebeos desempeñaron un papel importantísimo en el desarrollo de mi afición por la lectura. Mi caso dista de ser único y es incuestionable que Mortadelo y Filemón ocupan un lugar destacado en el acervo cultural de este país. Por ello, la publicación de su ducentésimo álbum ha sido noticia en la mayoría de medios de comunicación excepto en los informativos de TVE, donde ha sido ignorada por razones de evidente índole política en lo que ha sido un caso de censura por omisión.

9 de abril de 2015

Rechicero

Hace pocas semanas que en estas mismas páginas expresaba mi hastío ante esa gran sartén de refritos en que se ha convertido buena parte del sector audiovisual. A la noticia de la adaptación a la pantalla - grande o pequeña - de cualquiera de mis obras predilectas antaño solía sucederla una emoción hoy reemplazada por el fatigoso sentimiento de "¿otra más?". Y no es que tales revisiones me disgusten de entrada pero frecuentemente el medio audiovisual trata sus materiales de construcción con pocos miramientos, retorciéndolos a placer hasta producir una nueva obra. Estos y otros prejuicios me han hecho abordar la adaptación televisiva de Hellblazer con cautelosa demora, a pesar de la gran expectación generada ya desde la difusión de la primera imagen promocional de la serie. En ella podíamos ver un John Constantine caracterizado de manera más que adecuada, a diferencia del encarnado por Keanu Reeves en la pseudoadaptación cinematográfica Constantine de hace diez años, con la que la serie de televisión comparte título.

Hellblazer ha sido a menudo una obra mal entendida, como dejaba patente un articulista de Wired al mencionar que la crítica social presente en los primeros guiones de Jamie Delano había envejecido mal, obviando que el thatcherismo goza de mejor salud hoy que entonces. Por supuesto, este aspecto político ha sido uno de los elementos ausentes en una serie que se limita a incorporar algunos de los elementos argumentales procedentes del cómic: por ejemplo, la trama relativa a Mnemoth que aparece en los primeros números de Hellblazer y que, debidamente expurgada de los elementos más incómodos, conforma el cuarto episodio de Constantine. Incluso es posible encontrar unos cuantos guiños a los lectores avezados, como una ilustración que representa al monstruo animado por el demonio Nergal a partir de los cadáveres de cuatro cabezas rapadas. Pero el protagonista de Constantine no es realmente el hechicero de Hellblazer aunque compartan nombre y rasgos distintivos, presentando quizá más elementos en común con la nueva versión que aparece en el reboot publicado por DC Comics y también titulado Constantine. Su magia ya no es de carácter eminentemente ritual sino que cuenta con una dimensión utilitaria que se extiende al plano mundano, empleando un truco para cada ocasión y apoyándose en una amplia colección de artefactos arcanos. Pero además, el prisma estadounidense a través del que se nos obliga a contemplar todo me ha parecido asfixiante y no llego a comprender las razones que hacen necesaria tal traducción cultural. La identificación del muy inglés John Constantine a través de su carné de conducir en lugar de la National Identity Card británica o un simple pasaporte es un detalle que deja claro que la serie no busca un público amante de la sutileza y el trazo fino. Por no mencionar que el John Constantine de los cómics ni siquiera sabía conducir.

31 de marzo de 2015

Otros usos de la nostalgia

Una de las ideas que últimamente me obsesiona es la necesaria relación entre toda obra de ficción y el contexto histórico que la genera. La ciencia ficción me fascina especialmente por su frecuente uso de ambientaciones de corte futurista que sin embargo no pueden evitar ser, si no un reflejo, sí un producto de las circunstancias sociales, políticas y económicas del entorno en que surgen. La dialéctica generada por la Guerra Fría es quizá uno de los ejemplos más evidentes, con el enfrentamiento entre bloques impregnando buena parte de la ciencia ficción elaborada durante un periodo en el que lo postapocalíptico cobra popularidad. Pero al mismo tiempo también aparecen numerosas obras de caracter más optimista, impulsadas quizá por los cambios en las sociedades occidentales y la relativa bonanza (no exenta de baches) de eso que recibe el nombre de ciclo económico.

Por ello me cuesta no atribuir en parte el carácter mayoritariamente pesimista y hasta nihilista de la ciencia ficción actual a la asfixia económica impuesta desde arriba, que casi ha logrado volvernos incapaces de soñar con mundos mejores. La lógica del mercado aplasta hoy todas las escalas de valores excepto la puramente económica, obligándonos a asignar precio a lo intangible. No hay grandes diferencias entre el neoliberalismo que imperaba en la década de los ochenta y el actual, aunque ahora se acompaña de los tintes totalitarios adquiridos por unos sistemas políticos que, libres del contrapeso ideológico del bloque socialista, ya no necesitan demostrar que son "los buenos". Es revelador que la competencia con China aparezca a menudo en el discurso público en términos casi exclusivamente económicos, ignorándose costes sociales y diferencias políticas.

Pero una diferencia fundamental entre los mencionados años ochenta y la época actual está en nuestra percepción del progreso. La sensación de ir hacia delante que a pesar de todo existía entonces no es comparable con el estancamiento y el miedo al futuro que hoy están presentes en amplias capas de la sociedad, hallando eco en la ficción. Así, resulta inevitable que el mercado de la nostalgia privilegie unos años ochenta en los que a pesar del peligro nuclear el mañana no parecía necesariamente amenazador. En este sentido yo también siento añoranza por aquella década, no por la pretendida superioridad de sus productos culturales sino por el recuerdo de tener la casi total certeza de que el futuro sería mejor que el presente.