31 de marzo de 2014

Me arrepiento de nada

Estos días son habituales los lamentos a propósito del declive de la agenda cultural madrileña, evidenciado en los cierres de sus cines, teatros y salas de conciertos. Pero en lo relativo a estas últimas hace ya años que tengo la sensación de que su posición como alternativa de ocio ocupa un plano cada vez más discreto, con la mayoría del público limitándose a asistir a las actuaciones de bandas de las que ya es fan e ignorando a los grupos noveles. Estos últimos se ven así desprovistos de uno de los canales más efectivos para dar a conocer su música, a despecho de lo que nos han contado acerca de las posibilidades que ofrece internet.

Espíritusanto ha sido uno de esos grupos que he conocido en un concierto al que asistí de manera casual. Esta banda madrileña aúna un buen número de referencias de los años ochenta y noventa para desarrollar un sonido que, aunque basado en las guitarras eléctricas, le debe no poco carácter a su componente electrónico y a la especial personalidad que le imprime el contar con dos voces, masculina y femenina. Y tras varios EPs y un buen puñado de conciertos en el circuito madrileño (y más allá), la reciente aparición de El fondo del aire es rojo viene a confirmar la claridad de ideas del grupo.

Si bien esta nueva grabación de Espíritusanto no supone una ruptura con lo mostrado en sus anteriores trabajos, sí ahonda en la senda abierta con Femenino/Masculino. El fondo del aire es rojo abandona en cierta medida su intención shoegazer, sin que ello suponga una renuncia a la creación de atmósferas con unas guitarras que no han tenido que perder su filo para ganar en limpieza. Pero dos de sus canciones son las que han capturado mi atención, en especial la ya conocida El eternauta, publicada a comienzos del pasado otoño y que, basada en el cómic homónimo, revela un gusto por la aventura que no sospechaba en una banda que siempre ha hecho alarde principalmente de su cinefilia. Y en segundo lugar País dogón, un tema que el grupo lleva interpretando en directo prácticamente desde el principio de su trayectoria y que, gracias a la intensidad benaventiana de su interpretación vocal, llega a recordar por momentos a los mejores Parálisis Permanente. Pero con un total de seis pistas El fondo del aire es rojo es un EP generoso, con maneras que presagian la llegada de un futuro álbum.

P.S. La música de Espíritusanto se puede escuchar de manera gratuita aquí.

24 de marzo de 2014

Círculos de piedra

El cine de terror me ha parecido un valor seguro desde que tuve edad para disfrutar de cierta autonomía televisiva. Incluso cuando todavía era posible frecuentar videoclubes la sección de terror era mi primera parada si lo que buscaba era simplemente pasar un buen (mal) rato. Y es que, aunque encontrar malas películas en el campo del horror sea tan fácil como en cualquier otro género, siempre he pensado que sí es más difícil que sean aburridas - al menos si se goza de disposición macabra y buenas tragaderas. Pero lo cierto es que en los últimos años no he mostrado tanto interés por el horror cinematográfico como solía, a pesar de que la aclamada The Cabin in the Woods haya hecho bastante por revivir mi interés en el mismo. Igualmente, The Conjuring me ha parecido un esfuerzo más que notable, descollando por encima del resto de la obra reciente de James Wan.

Sin embargo, la película que realmente me ha hecho recordar qué encontraba de atractivo en aquellos terrores sobrenaturales e inverosímiles asesinos del hacha ha sido Kill List, una cinta británica difícil de encuadrar en un género determinado. Argumento y tono evolucionan sin pausa durante su hora y media de duración y lo que comenzaba como un aparente drama familiar no tardará en dar paso a una historia de asesinos a sueldo que en su último tercio desciende al horror. Kill List ha sido comparada con Wicker Man, con la que además del elemento pagano como fuente de oscuridad comparte una parecida resolución y un protagonista similarmente antípatico: en este caso un Neil Maskell tan inquietante aquí como en su rol en la reciente Utopia. Pero además de una historia fascinante, Kill List constituye un buen ejemplo de cómo hacer terror de bajo presupuesto sin caer en la aburrida trampa del found footage.

10 de marzo de 2014

Memoria de lo efímero

Buena parte de mi presente fascinación por las bandas agrupadas bajo la ambigua etiqueta de shoegazing arranca de un temprano interés en el carácter etéreo de Cocteau Twins, así como de la curiosidad por el aura de malditismo que durante mucho tiempo arropó a grupos como Ride. A finales de los años noventa del pasado siglo solía relatarse cómo el shoegaze había reducido la escena musical británica a la irrelevancia, propiciando su conquista momentánea por la invasión grunge y salvándose tan solo gracias a la heroica aparición del britpop, cual oportuno San Jorge. Tal interpretación no ofrecía fisura alguna y una revisión positiva del shoegazing no ha sido posible hasta fecha reciente, auspiciada por la aparición de un buen puñado de nuevos grupos ansiosos por reivindicar aquellos sonidos y culminando con el retorno de algunos miembros de la vieja guardia como Swervedriver y hasta de luminarias del calibre de My Bloody Valentine o Slowdive.

Pero de las bandas que conformaron aquel shoegaze original, Lush fue una de las primeras en atraer mi atención, espoleada por un parecido nada casual con Cocteau Twins (su guitarrista Robin Guthrie había producido Spooky, su primer álbum) y un carácter decididamente colorista y luminoso que contrastaba con la melancolía de los mucho más sombríos Slowdive. Desde el principio Lush fue un grupo con una esencia marcadamente pop en el que las melodías de guitarra desempeñaban un papel fundamental pero que al mismo tiempo confería gran protagonismo a las voces de Miki Berenyi y Emma Anderson, en lugar de considerarlas una capa más de la lasaña sonora. De este modo, el intento de dotar a su tercer trabajo de una pátina de britpop para adaptarse a los nuevos tiempos sería así un movimiento mucho más legítimo para Lush que para bandas como The Boo Radleys o los propios Ride. Pero el suicidio de su batería escasos meses tras la publicación del muy popero Lovelife pondría un súbito final a la banda. Me cuesta imaginar cuál hubiera sido el camino seguido por Lush de no haberse truncado así su trayectoria, si hubieran vuelto a sus atmosféricos orígenes o si hubieran continuado por aquella vía del britpop, percibida entonces como una traición a sus fans de siempre. Probablemente esta "traición" sea la causa de que, a diferencia de Slowdive, Lush sea un grupo sin herederos ni legado dignos de mención y cuyo retorno casi nadie anhela.