15 de diciembre de 2014

¿Despertaré a la oscuridad?

Hoy tiene lugar un acontecimiento tan poco frecuente como un concierto en Madrid de Death in June y me dispongo a asistir al mismo mientras experimento gran variedad de sensaciones. Pero entre ellas predomina la vergüenza por ir sin haber hecho los deberes, con la esperanza de escuchar un repertorio tan plagado de éxitos añejos como si fuera a ver cualquier dinosaurio de tres al cuarto en un festival veraniego. Y es que hace ya unos cuantos años que dejé de seguir la pista al proyecto de Douglas Pearce, aburrido de una música que me llegó a parecer repetitiva, prisionera de una fórmula tan caduca que ni siquiera en los momentos más gloriosos de su pasado le permitía alzar el vuelo por completo.

Dejando a un lado la experimentación inicial y la incursión electrónica que supuso Nada! la guitarra acústica es el instrumento que protagoniza la mayoría de las composiciones de Pearce. Pero la habilidad del británico como guitarrista se reduce a rasguear un exiguo número de acordes siguiendo un número aún más limitado de patrones rítmicos. Incluso en aquellos años dorados, los que vieron la publicación de But, What Ends When the Symbols Shatter? y Rose Clouds of Holocaust, la propuesta de Death in June fue un tanto insulsa en lo musical. De hecho, la banda me sirvió de gran ayuda cuando comenzaba a tocar la guitarra y necesitaba discos sencillos de los que poder aprender armonías y estructuras sobre la marcha: no fueron pocas las veces que toqué de principio a fin el doble álbum en directo Something is Coming.

Hoy suelo referirme a este grupo como el portal a través del cuál llegué hasta otros proyectos que suelen incluirse dentro del llamado neofolk, como los muy interesantes Sol Invictus de Tony Wakeford o los Forseti del malogrado Andreas Ritter. Pero aunque apenas escuche ya la música de Death in June conservo un buen recuerdo de la banda, gracias en parte a unas letras ricas en un simbolismo que explora temas inusuales, generalmente muy alejados de los espurios significados políticos que tan a menudo se les ha querido atribuir. Y sobre todo gracias a un sinfín de excelentes canciones, demasiadas para considerar a Douglas Pearce un mero poetastro con ínfulas de músico y las suficientes para perdonarle su cuestionable gusto por la provocación estética gratuita.

9 de diciembre de 2014

Qué dientes tan grandes tienes

Mi interés por la ciencia ficción siempre ha sido transversal, incluyendo libros, cine y lo que se tercie. Mis incursiones literarias no siguen un plan trazado de antemano pero cuando reflexiono sobre ellas me resulta fácil detectar patrones y apreciar el modo en que una novela conduce a otras o cómo un cuento determinado sirve de punto de partida para la exploración de nuevas temáticas. Por el contrario, no suelo andarme con tantos miramientos a la hora de escoger cine y veo casi cualquier cosa que llame vagamente mi atención, sin orden alguno y con frecuentes concesiones a películas que en realidad no me interesan demasiado.

Entre estas últimas a menudo encuentro cintas en las que los elementos de ciencia ficción son puramente accesorios, empleados para imprimir cierta pátina de género a historias que discurren por derroteros con mejores posibilidades recaudatorias. Un buen ejemplo es Oblivion, que no tarda en dejar atrás un comienzo prometedor al estilo de Moon para dar paso a la habitual orgía de explosiones y tiros. O la más reciente Edge of Tomorrow, que parte de la premisa de Groundhog Day (previamente apropiada para la ciencia ficción en Source Code) aunque termina por contarnos otro relato épico acerca de cómo la humanidad se salva de la extinción a manos de un enemigo casi imbatible.

Dejando de lado estos paralelismos entre Tom Cruise y Duncan Jones, Attack the Block es otra de esas obras que usan la ciencia ficción para camuflar una historia bien distinta, aunque en este caso el propósito no sea el usual. La invasión alienígena de un suburbio londinense es el pretexto para mostrar una realidad social concreta, encarnada en un grupo de adolescentes que viven en el equivalente a un bloque de viviendas de protección oficial (el block mencionado en el título de la película). La acción no escasea durante unos sangrientos noventa minutos de metraje en los que los chavales se las ingenian para dar matarile a los extraterrestres. Pero el guión va más allá de lo evidente y contiene un claro discurso subversivo, sin que ni siquiera haga falta leer entre líneas para apreciar la crítica a un sistema en el que hasta las enfermeras forman parte de una clase obrera condenada a vivir en inhóspitos edificios de hormigón que algunos han calificado de arquitectura satánica. Y aunque el clímax aparente de la película sea la derrota de los alienígenas el auténtico punto culminante se produce poco después, cuando uno de los personajes se refiere a los jóvenes protagonistas como "sus vecinos" tras haber dejado de considerarlos simples pandilleros. Así, vemos flores tan raras como la solidaridad de clase arreglándoselas para crecer en terrenos cada vez menos propicios.

30 de noviembre de 2014

Biblia de Tijuana

No dejar nada a medias es una de mis obsesiones más antiguas, aunque no recuerdo exactamente cómo llegué a pensar que finalizar cada nuevo libro al que me enfrentaba era poco menos que un deber moral. Posiblemente en algún momento llegué a intuir que en ocasiones valía la pena sufrir comienzos poco prometedores, con la esperanza de que el contenido posterior justificara el peaje pagado en áridos pasajes y plúmbeas exposiciones argumentales.

Pero en fecha reciente he conseguido comenzar a superar esta neurosis, abandonando a medio camino algunas obras que encuentro aburridas, superfluas o irritantes. Por el momento no he sido capaz de devolver un libro a la estantería antes de llegar hasta su última página, tal vez influenciado por viejos prejuicios que me hacen considerar la letra impresa como una de las máximas expresiones culturales y merecedora de respeto universal. Y por otra parte, la inversión de tiempo necesaria para el visionado de una película no es excesiva y cuando el tedio me invade tras una hora de metraje prefiero soportar el resto, para así al menos poder ponerla como chupa de dómine desde el conocimiento.

En realidad solo me reservo este derecho a la interrupción para las series, esos modernos folletines televisivos. El tiempo transcurrido entre sus temporadas propicia el olvido y, así, no siento remordimiento alguno cuando renuncio a seguir las andanzas de unos personajes que ya no inspiran mi curiosidad porque apenas los recuerdo. Pero tengo que agradecer a Penny Dreadful el haberme proporcionado el pretexto para dejar una serie tras haber visto solo sus primeros episodios, espantado por un engendro que parecía el hijo incestuoso de American Horror Story: Asylum y la adaptación cinematográfica de The League of Extraordinary Gentlemen. El empleo de un número excesivo de elementos es la característica definitoria de Penny Dreadful, sin que con ellos se llegue a tener un rico tapiz o al menos una urdimbre más o menos recia. Personajes y situaciones hurtados a la literatura y al cine parecen dispuestos sobre el guión de cualquier manera, como quien arroja semillas en un campo baldío con la esperanza de que algo brote. Quizá el objetivo sea que cada espectador pueda reconocer algo que capture su interés pero en mi caso se ha producido el efecto contrario: ante una explotación tan descarada que pervierte y devalúa algunas de mis referencias culturales más queridas solo cabe el rechazo.