27 de febrero de 2015

Feliz en tu día

Se me ocurren pocos objetos que puedan llegar a ser más interesantes de regalar que un libro, tanto para quien lo hace como desde la perspectiva de quien lo recibe. No creo que haya otro obsequio tan revelador de nuestro conocimiento del destinatario como un volumen bien escogido, amén de los infinitos mensajes que es posible enviar de esta manera. Pero para esto se precisa de cierta familiaridad tanto con el agasajado como con el libro en sí y por ello no suelo regalar libros que no haya leído previamente.

Aún así no me gusta agonizar en exceso sobre estos detalles y, lejos de intentar hallar el libro perfecto para cada persona, nunca me ha importado regalar un mismo libro en múltiples ocasiones: quizá no tanto por su carácter polivalente como por alardear de un hallazgo interesante. Y otras veces, las menos, la audacia me conduce a errores como regalar Nocturna, una novela escrita a cuatro manos por Guillermo del Toro y Chuck Hogan (o posiblemente bosquejada por el primero y pulida por el segundo). Cuando, meses después de haberla hecho llegar a su inocente destinataria, me interesé por sus hipotéticas bondades la recibí en préstamo como respuesta. Y venganza.

En Cómo hablar de los libros que no se han leído Pierre Bayard reflexiona acerca de hasta qué punto es posible dar un libro por leído si el tiempo nos ha hecho olvidar buena parte de su contenido. Así, es revelador que el recuerdo más vivido que conservo de Nocturna sea el de una horrible traducción que mezclaba modismos españoles con americanos, siguiendo las instrucciones de Del Toro para obtener un texto comercializable en ambas orillas del Atlántico. Y aunque nunca he tenido problemas con libros escritos en una variedad del castellano que no fuera la mía, esta traducción frankensteiniana se me antojó artificiosa y muy alejada de la quimérica neutralidad lingüística que se perseguía. Por lo demás, Nocturna se trata de una genérica novela de vampiros en la que los chupasangres asumen su tradicional rol de villanos, en un giro que casi extraña en estos tiempos de muertos vivientes crepusculares. El argumento se limita a calcar la plantilla legada por Drácula y suplementada por El misterio de Salem's Lot, ahondando en un concepto de vampiro que Del Toro ya había esbozado en Blade II. Pero no recuerdo haber disfrutado demasiado con la lectura de Nocturna y cuando llegó el momento de devolverlo a su dueña lo hice con una disculpa, prometiendo esforzarme más con futuros obsequios. Quizá un inconsciente deseo de penitencia sea lo que me ha llevado a ver The Strain, la esperable adaptación televisiva de una novela madre ya aumentada a trilogía.

23 de febrero de 2015

I am Providence

H. P. Lovecraft ha arrastrado desde siempre fama de mal escritor debido al lastre percibido en elementos estilísticos como su calculado arcaísmo y, sobre todo, los floridos excesos verbales conocidos en la crítica literaria anglosajona como prosa púrpura. Pero yo no recuerdo haber pensado nunca en Lovecraft como escritor de segunda fila y hoy me doy cuenta de cómo mi primer contacto con su obra fue extraordinariamente inspirador. Así mismo jamás me sentí acomplejado por mi afición a un escritor supuestamente mediocre, quizá a causa de una lectura temprana de There Are More Things: en modo alguno podía avergonzarme de leer a un escritor a quien el propio Borges había estimado oportuno rendir homenaje en un cuento. Pero pesar de haber sido mayormente relegado al gueto de la llamada literatura de género el imaginario lovecraftiano hoy es conocido por personas que jamás se acercarán a su obra y forma parte de una cultura pop cada vez más similar a una red de arrastre.

Sin embargo me faltaba por añadir a mis lecturas algún ensayo de enjundia sobre este escritor norteamericano. Mi indecisión entre las sendas (y monumentales) biografías escritas por L. Sprague de Camp y S. T. Joshi fue felizmente resuelta al descubrir la existencia de H. P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida de Michel Houellebecq. Ya conocía al autor francés gracias a un desconocido tan borracho como bienintencionado que me recomendó leer Plataforma y, más recientemente, a la difícilmente clasificable película El secuestro de Michel Houellebecq. Si bien H. P. Lovecraft no está escrito con un afán explícitamente reivindicativo su texto aparece surcado de manera incuestionable por ese tipo especial de amor que reservamos para las lecturas de juventud que nos dejaron huella. En las poco más de cien páginas de este ensayo Houellebecq aborda la figura del caballero de Providence desde diversos ángulos, en especial el de lo puramente literario pero deteniéndose en algunos aspectos conmovedores de su dimensión humana. El autor tampoco se arredra ante el controvertido tema del racismo de Lovecraft, tan indefendible entonces como hoy, pero que antes que invalidar su obra simplemente invita a la cautela durante su lectura. Houellebecq da además una muestra de su perspicacia al describir la alienación que hoy podría sentir Lovecraft - un autoproclamado caballero para quien el sexo no tenía importancia y que consideraba una ordinariez hablar de dinero - al enfrentarse a una sociedad en la que riqueza material y deseabilidad sexual parecen determinar el total de nuestra valía.

13 de febrero de 2015

El nuevo mecenazgo

A pesar del eclecticismo extremo que hoy se le supone a todo aficionado a la música yo prefiero ejercer el derecho a interesarme solo por lo que me venga en gana, dejando de lado vacas sagradas, viejos dinosaurios y otras imprescindibilidades. Hay estilos a los que apenas me he asomado y no por ello los considero géneros menores. Tan solo se tratan de las fronteras de mi interés en la música, no tan académico como para obligarme a escuchar de todo.

El rap es uno de estos géneros por los que siento nula curiosidad, a pesar de algún escarceo juvenil de la mano de aquel recopilatorio titulado Rap'in Madrid y un amago de aproximación a Eminem cuando el estadounidense estaba en la cúspide de su popularidad. Pero no estoy entre quienes han criticado a la redacción de Rockdelux cuando la revista encabezó aquella canónica lista de trescientos álbumes con It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back. Es una decisión arriesgada pero respetable y hasta defendible, aunque por lo que a mí respecta considero que todo el material de Public Enemy que quería oír ya lo escuché hace veinte años en el radiocasete de un amigo.

Lo cierto es que a algunos raperos solo los conozco a través de sus correrías extramusicales, como las de un Kanye West de quien no he escuchado más que su insulsa colaboración con Rihanna y Paul McCartney. Estos días se ha hablado mucho del numerito montado por West mientras Beck recogía su Grammy o del similar desaire que le hizo a Taylor Swift hace unos años en la entrega de los MTV Video Music Awards. Pero el aspecto que encuentro más pernicioso de West es su faceta como diseñador de carísimas zapatillas deportivas. En este rol West lanza incendiarias proclamas desde los escenarios, atacando a Nike por no pagarle regalías por cada par vendido de sus Air Yeezy mientras elogia a una Adidas que se ha revelado como un patrocinador bastante más generoso. Un discurso tan servil como este pone de manifiesto la naturaleza corporativa de parte de la música popular actual, domesticada por el gran capital y aprisionada en festivales. Pero el mensaje de West contrasta con la polémica generada hace un par de años por la banda californiana No Age durante su paso por Barcelona, cuando fue duramente criticada desde diversos medios por su atrevimiento. Y es que osaron hacer algo tan revolucionario como criticar las prácticas laborales de Converse durante un concierto patrocinado por la propia marca. Por supuesto, el quid de la cuestión parecía radicar en si la banda se había embolsado el caché a pesar de haber boicoteado el evento pero lo realmente llamativo fue la gran cantidad de voces dispuestas, como casi siempre, a alinearse con el poderoso sin conceder al débil el beneficio de la duda.