8 de febrero de 2016

En la de guisar

Cada nueva noticia de DIIV recibida durante los casi cuatro años transcurridos desde la publicación de Oshin me ha hecho temer por la llegada de su segundo álbum. En este periodo Zachary Cole Smith se ha mostrado más dispuesto a acometer un tópico descenso a los infiernos que a ofrecer nueva música, aunque su detención por posesión de heroína finalmente quedó en anécdota y hoy parece rehabilitado. No obstante, la banda ha tenido que reemplazar a su batería original a causa de similares hábitos destructivos, mientras que la rancia bazofia vertida en internet por su bajista ha causado una controversia a la postre insuficiente para forzar su despido. Sin embargo, mi cotilleo preferido ha sido la escuálida polémica creada hace un par de años por un Smith dispuesto a enmendar la plana a Grimes, acusándola de no ser una auténtica vegana debido a su afición a disfrutar de una tarrina de helado de vez en cuando. Es llamativo que el yonqui que entonces era Smith mostrara tal preocupación por las implicaciones éticas de la industria láctea, al tiempo que pasaba por alto las existentes en la producción y tráfico de heroína. Pero el ser humano es naturalmente contradictorio y la absoluta coherencia entre discurso y actos no existe más que como un ideal al que aspirar: no es algo exigible a los músicos de pop ni, en realidad, a nadie.

A despecho de lo relatado, el segundo álbum de DIIV ha aparecido en la fecha prevista y me he abalanzado a escucharlo con una premura nada usual en mí. Publicado bajo el absurdo título de Is the is are y luciendo una portada aún más fea que la de su predecesor, el álbum incluye unas generosas diecisiete canciones, aunque referirse a él como "doble" cuando su duración apenas excede los sesenta minutos no responda más que al afán nostálgico de considerar el disco de vinilo como medida de todas las cosas. El sonido de la banda presenta pocas novedades en lo esencial, haciendo gala de prístinas guitarras ocasionalmente fortificadas por una pizca de overdrive, las acostumbradas percusiones a piñón fijo y unos bajos a menudo pasados de flanger. Esté último instrumento quizá haya sido dotado de una mayor presencia en la mezcla final pero es en la parte vocal donde la propuesta de DIIV ha experimentado la evolución más acusada. Si en Oshin la evanescente voz de Smith apenas mascullaba unas letras escritas por puro compromiso, en Is the is are brilla con una claridad inesperada mientras esboza mensajes más ambiciosos. Todavía tengo que dedicar unas cuantas escuchas a este nuevo trabajo de DIIV antes de decidir qué opino sobre él pero creo que sus canciones me harán buena compañía durante el último tramo de este invierno.

30 de enero de 2016

Pasaje de vuelta

No ha sido hasta hace unas semanas cuando por fin he visto la trilogía en que Peter Jackson ha dividido su adaptación cinematográfica de El hobbit, llevado a ello más por mi menguado sentido del deber que por verdadero interés. Ya me había enfrentado a Un viaje inesperado hacía algún tiempo aunque de aquella primera entrega solo recordaba lo volátil de su tono, oscilante entre la levedad de la obra original y la grandilocuencia propia de las grandes gestas. Pero ver estas tres películas casi de corrido me ha hecho apreciar la enormidad de lo perpetrado por Jackson, que ha reducido al mínimo la densidad argumental de una narrativa destinada a ser mero receptáculo de un sinfín de escenas de acción. El CGI hace que el resultado final tenga mucho de videojuego no interactivo, si bien en esencia se asemeja más a la fantasía rolera de un adolescente.

Pero son los cambios argumentales con respecto a la novela lo que ha impedido que tome esta adaptación en serio. Comprendo que algunos de ellos se deban a cuestiones de ritmo narrativo o a la necesidad de adaptar la letra impresa a un medio audiovisual. Incluso puedo aceptar que otros obedezcan a un puro capricho de Jackson, como la escena en que los enanos se presentan a Beorn, reescrita porque sí cuando la original es probablemente uno de los pasajes más divertidos del texto de Tolkien. Aunque al menos esta "mejora" no tiene consecuencias más allá de la escena que la contiene: se sustituyen unos gags por otros y la narración prosigue sin verse afectada. Otros cambios son más cuestionables, como la reinvención de Azog como antagonista principal o la adición de una trama amorosa, elementos formulaicos que parecen incluidos para proporcionar un aire de genérica familiaridad al conjunto.

Finalmente, algunas de las modificaciones en el argumento hacen que el guion de Jackson en ocasiones se vuelva un puro desatino, muy notablemente en la segunda parte de esta trilogía sobrevenida. En el texto original la muerte de Smaug se produce cuando el dragón se percata del robo de uno de sus tesoros, decidiendo entonces volar a Esgaroth para castigar a los posibles culpables. Sin embargo, en la película la compañía de Thorin urde un plan para eliminar a Smaug, como si pudiera ser fácil para trece enanos matar a la bestia que antaño fue capaz de aniquilar todo su reino. El plan fracasa inevitablemente pero cuando Smaug tiene a sus atacantes a su merced decide vengarse de ellos, no merendándoselos sino yendo a la ciudad de Esgaroth para achicharrar a unos cuantos humanos que no tienen demasiado que ver en el asunto. Tal expedición punitiva es un atentado contra toda lógica pero en este punto el guion exige que Smaug acuda a la cita con su destino, a despecho del sentido común más elemental. Después de esto recibí casi con alivio el torpe cliffhanger televisivo con el que finaliza La desolación de Smaug.

19 de enero de 2016

Lo que una vez fue

He de confesar que la mayoría de miembros de la extensa familia del metal me son casi por completo ajenos. Mis escuchas apenas arañan la superficie de este vastísimo yacimiento musical, que en buena medida parece diseñado para ser inaccesible a los profanos. De hecho, sus vertientes más extremas presentan unas elevadísimas barreras de entrada para un oyente casual, exigiendo perseverancia para alcanzar objetivos tan básicos como que todas esas canciones dejen de parecernos la misma.

Mi experiencia con el metal se ciñe a algunos de los más accesibles de sus subgéneros: doom, symphonic y, sobre todo, gothic metal. La abundancia de melodías tenebrosas convierte estos estilos en algo que en otra época pude considerar apetecible. Pero el black metal nunca llegó a entrar en mi discoteca más que de manera testimonial, en parte por la aridez que percibía en aquel sonido y en parte por motivos extramusicales como el feísmo imperante en la imagen de los grupos, lo cuestionable de ciertos aspectos ideológicos subyacentes y las abominables camisetas de Cradle of Filth. Con no poco esfuerzo conseguí abrirme paso a través de alguno de los primeros discos de Burzum pero, a pesar de unas atmósferas sombrías muy de mi agrado, me sentía apabullado por los aceleradísimos tempos a ritmo de doble bombo y los aullidos demoniacos que hacían las veces de partes vocales. Todo ello incluso antes de tener en cuenta lo grotesco de prestar atención a la obra de una figura tan ignominiosa como Varg Vikernes.

No ha sido hasta fecha reciente que me he aproximado de nuevo a músicas cercanas a aquel black metal de los años noventa del siglo pasado, en un intento propiciado por la banda francesa Alcest. El grupo de Neige fusila los elementos menos extremos del black metal, sometiéndolos a un tratamiento sonoro que va más allá de la distorsión y los asimila a un shoegazing impregnado de goticismo. Este blackgaze (como algunos se han apresurado a bautizarlo) ha creado cierta escuela y junto a bandas en pretendido ascenso como Deafheaven he encontrado proyectos tan de mi gusto como Myrkur. La intención lo-fi del EP homónimo ha quedado atrás en su primer álbum, de producción mucho más cuidada y titulado simplemente M. A pesar de todo, el proyecto de Amalie Bruun me obliga a realizar algún esfuerzo durante su escucha y no puedo evitar pasar casi de puntillas por alguno de sus largos pasajes instrumentales. Pero todo ello merece la pena cuando las recompensas son canciones como Onde Børn y Dybt i Skoven, con formidables melodías y unas voces tan etéreas que me sentiría tentado a calificarlas de angelicales si no fuera porque son los infiernos lo que estoy explorando.