21 de mayo de 2015

La prescripción como cebo

Hubo un tiempo en el que la elaboración de listas llegó a a ser, si no uno de mis pasatiempos preferidos, sí uno de los más recurrentes. Ya algunos años antes de haber leído Alta fidelidad solía emplear en compañía de amigos numerosos tiempos muertos en la cafetería de mi facultad, poniendo por escrito los rankings más fútiles con especial incidencia en lo musical. Los grupos con mejores caras B, los discos más relevantes de esta o aquella década, los escritores con mayor número de obras imprescindibles, las asignaturas más infumables del plan de estudios vigente... ninguna categoría estaba a salvo de nuestro afán clasificador. Ya entonces las disputas sobre algunas entradas ponían de manifiesto el absurdo implícito en asignar posiciones numéricas en función de características no cuantificables. Aún así este entretenimiento inocente proporcionaba una vía para el intercambio de ideas entre pares, además de un saludable contacto con criterios ajenos al propio.

Por el contrario, las listas con que suelo encontrarme hoy proceden en su mayor parte de medios de comunicación que en buena medida encuentran en ellas una perezosa manera de crear contenidos, a menudo dejando de lado todo análisis para limitarse a esbozar una descripción de lo enumerado. No me queda demasiada paciencia para lidiar con listas tan cansinamente exhaustivas como las que abundan en las páginas de Rolling Stone o New Musical Express, aunque todavía aprecio su valor como guía de campo y punto de partida de ulteriores investigaciones. Mucho mas insulsas son las recopilaciones de microtextos de autoayuda que se nos presentan como guías de estilo de vida en revistas de la catadura de Esquire, al ofrecernos los diez pasos para causar una buena impresión duradera o las treinta cosas que todo estiloso caballero debiera evitar al entrar en la treintena. Pero más perniciosas me parecen algunas de las listas recogidas en medios como Jot Down, en su insistencia por recomendarnos siete películas que no debemos dejar de ver si nos ha gustado determinado blockbuster o quince libros para seguidores de alguna serie televisiva de moda. En estos artículos las usuales referencias molonas son recicladas una y otra vez mientras que la intención de ampliar horizontes con propuestas no tan conocidas descuella mucho menos a menudo. Así, bajo la apariencia de bienintencionados consejos a menudo yace un reduccionismo cultural de trazo grueso que parece haberse convertido en uno de los signos de nuestros tiempos.

7 de mayo de 2015

Solo he hecho esto una vez

La demora en la llegada de ciertas películas a los cines de este país no es en absoluto un fenómeno nuevo, con muchos de estos retrasos probablemente debiéndose a los arcanos tejemanejes de productoras y distribuidoras en torno al concepto de ventanas de explotación. En el pasado estas esperas muy a menudo servían para afilar las ganas mientras que hoy cada día de retraso no hace sino aumentar la irritación de cierto tipo de espectador, tal vez acostumbrado a un mundo en el que toda gratificación ha de ser inmediata.

Aún así no hace demasiado tiempo que el año y medio de dilación en el estreno de The Cabin in the Woods puso de manifiesto lo excesivo de estos desfases, siendo probable que buena parte de su audiencia potencial ya hubiera disfrutado de la película por vías heterodoxas cuando finalmente llegó a nuestro país. El berrinche del público friki fue extraordinario pero el caso de The Cabin in the Woods no ha sido el único de este calibre, aunque sí el que ha levantado una de las polvaredas más densas. La muy notable Coherence también tardó lo suyo en llegar a las salas de cine españolas pero son aún más sorprendentes los más de dos años empleados por Safety not Guaranteed, una de las películas más encantadoras que he podido ver en época reciente. El tono de la cinta transmite afán de molar a través de un difuso pero característico je ne sais quoi que suelo atribuir al cine independiente estadounidense. Sin embargo, donde esperaba hallar quizá una comedia romántica no del todo convencional me he topado con una narración de cierto calado con la inexorabilidad del paso del tiempo como tema. O quizá no, porque durante su hora y media de duración se nos mostrarán no menos de tres maneras de burlar a Cronos.

29 de abril de 2015

Rufianes, ladrones y violadores

No recuerdo con exactitud el momento en que el número de videoclubes comenzó a reducirse hasta llegar a su actual presencia - tan testimonial como especializada - pero sí que han transcurrido diez años desde que alquilara una película. Ni siquiera estoy completamente seguro de que esta se tratara de Sin City pero me gusta pensar que así fue, quizá por considerarla un fin de ciclo no del todo inapropiado. La película me fascinó lo suficiente como para verla dos veces de una sentada y dar pie a una exploración de la obra de Frank Miller que me llevó a la lectura de la colección de cómics en que se basa el filme y tres álbumes de Batman: los únicos tebeos de superhéroes que se pueden encontrar en mi biblioteca si exceptuamos Watchmen. Con el tiempo he terminado por considerar la adaptación de Sin City dirigida por Robert Rodríguez y el propio Miller como una obra superior al cómic original en algunos aspectos y, de hecho, mi apreciación por la figura de su autor se desplomó irremediablemente tras leer una entrada en su blog en la que más o menos afirmaba que no había visto a sus compañeros morir con la cara en el barro para que un puñado de hippies desharrapados organizara Occupy Wall Street.

La revelación de Frank Miller como el criptofascista que probablemente siempre fue no ha impedido que regrese a Sin City ocasionalmente, vía cómics o a través de su primera adaptación al cine. Sin embargo he ignorado la existencia de una versión extendida de esta última hasta fecha reciente, lo que ha resultado ser un buen pretexto para reencontrarme una vez más con la obra como paso previo al visionado de su segunda parte. Por desgracia este nuevo montaje de Sin City hace poco más que ordenar cronológicamente las escenas de la versión estrenada en cines, reemplazando así la narración no lineal de aquella por una antología de cuatro relatos independientes entre sí hasta tal punto que cada uno cuenta con sus propios títulos de crédito insertados en el metraje. Esta manera de presentar el contenido no hace sino poner de manifiesto las carencias del material original, que palidece al ser despojado de todo artificio narrativo para mostrar sus banales historias casi al desnudo.