28 de mayo de 2016

El espíritu de la máquina

El inicio del rodaje de Trainspotting 2 me ha hecho darme cuenta de que ya no pienso en Danny Boyle como uno de mis directores preferidos. He olvidado desde cuándo, aunque no creo que fuera mucho después del estreno de Slumdog Millionaire, una película que no me he preocupado por revisitar a pesar de haberla disfrutado en su día. Desde entonces he perdido la pista del británico pero hay dos de sus filmes anteriores a los que regreso cada cierto tiempo. Aunque adolece de ser una película "de zombis" (o, en puridad, "infectados"), 28 Days Later se las arregla para contar una gran historia mientras trata la mayoría de temas aparecidos en los veintitantos volúmenes y seis temporadas de la plúmbea The Walking Dead. Pero, quizá de manera más especial, Sunshine ha llegado a ser una de mis películas preferidas, gracias a su inspirado cóctel de ciencia ficción dura con un buen número de elementos de otros géneros. Dejando de lado la presencia al timón del propio Boyle, el número de elementos comunes a estos dos filmes es notable: no es un detalle menor que ambas fueran protagonizadas por Cillian Murphy pero es aún más relevante que Alex Garland escribiera sus guiones.

Y sin embargo nunca había reparado en el nombre de Garland hasta el estreno de Ex Machina, la cual no solo ha escrito sino que también constituye su debut como director. Ex Machina es otra fascinante película de ciencia ficción, que explora con mayor acierto del usual un tema tan manoseado como el temor del ser humano a la rebelión de su obra. Aquí, dicha obra es representada físicamente por un ginoide, uno de los últimos representantes de un linaje que se remonta al menos hasta La Eva futura pero que tiene en la Maria construida por el Dr. Rotwang en Metropolis a su antecesora más evidente. El planteamiento es sencillo: un trasunto megalomaniaco de Larry Page lleva a un joven empleado de su imperio a su particular fortaleza de la soledad para que realice el test de Turing a una IA diseñada por él. Hay algo de perezoso en esta premisa, especialmente en cómo una vez más se muestran los avances tecnológicos como algo que genios sociópatas llevan a cabo en la intimidad de sus sótanos, por muchos recursos y acceso a big data de que dispongan. Pero donde la película brilla es en la construcción de su atmósfera, gracias en buena medida a la fantástica banda sonora de Ben Salisbury y Geoff Barrow, que con sintetizadores y guitarras construyen unas atmósferas que complementan perfectamente al aséptico búnker subterráneo donde transcurre la mayor parte de la película. Aún así, enconté extraño que el protagonista admita ser aficionado a Depeche Mode pero la única canción diegética que le veamos escuchar sea de OMD. Con todo, Ex Machina es una obra muy superior a otras con las que comparte planteamientos (como The Machine o Transcendence) y, a menos que Garland sufra un extravío comparable al de su paisano Duncan Jones, cabe esperar nuevas obras de similar calado en el futuro.

19 de mayo de 2016

Mitología del emprendimiento

Aunque algunas decepciones recientes me hayan llevado a desconfiar aún más de la televisión como medio, todavía queda un buen número de series que me cuesta renunciar a ver. A veces ni siquiera importa que cada episodio frustre un poco más mis expectativas o que mi interés se convierta paulatinamente en algo semejante a la indiferencia. Uno de estos casos ha sido Vinyl, a la que me atrajo una temática que anticipaba como un festín musical y que a la postre no lo ha sido tanto. Ya desde su primer episodio - expositivo en exceso y de narrativa anémica a pesar de sus desbocadas dos horas de duración - Vinyl parece dispuesta a caricaturizar los excesos de la industria musical en la década de los setenta. Pero, dejando de lado las promesas implícitas en su genérico título, los aspectos musicales de la serie son un elemento accesorio en una trama central de corte policiaco. Más que la música en sí, Vinyl explora la abundante mitología creada sobre ella y, así, presenciaremos contubernios mafiosos, discográficas dirigidas como satrapías, guitarristas yonquis que malviven en tugurios, sexo chungo en oficinas retrofuturistas y hasta fiestas con chicas semidesnudas que sirven cocaína en bandejas de plata.

Durante mi recorrido por Vinyl he recordado en infinidad de ocasiones Almost Famous, una película con la que no solo presenta una sospechosa similitud en el apartado de cartelería, sino que también narra una historia con el ambiente musical de los años setenta del siglo pasado como telón de fondo. Sin embargo, mientras aquella nos muestra su faceta más corporativa, la película de Cameron Crowe opta por asomarse a los músicos desde el punto de vista de la prensa especializada. De este modo, el amor por la música permea virtualmente cada momento de Almost Famous mientras que los personajes de Vinyl la reducen a mera mercancía con terrorífico pragmatismo. Este empleo del ángulo empresarial no es un caso aislado en la ficción televisiva actual y, aunque alguien más dado que yo a cultivar teorías de la conspiración podría extraer ciertas conclusiones, yo me conformo con considerarlo como una pieza más de nuestro aburrido Zeitgeist.

27 de abril de 2016

Gótico impostado

Guillermo del Toro me recuerda un poco a esas personas de genuina vocación artística que no pueden sustraerse a la necesidad de trabajar para comer. Así, en su filmografía coexisten películas donde su personalidad e intereses se muestran de manera más que evidente junto a otras que, sin llegar a tratarse de simple prostitución artística, han sido realizadas principalmente con la loable intención de llegar a fin de mes. El espinazo del diablo podría incluirse en el primer grupo mientras que, a pesar de no haberla visto ni planear hacerlo nunca, Pacific Rim se me antoja un buen ejemplo del segundo. Y entre ambos extremos podríamos situar sus adaptaciones de Hellboy, realizadas con la intención de llegar a un público masivo pero sin olvidarse de dar cabida a muchas de sus obsesiones; amén de contar con una temática que de seguro ocupa un lugar de honor en su corazón de friki.

Aunque sospechaba que Crimson Peak debía estar más cercana a las obras que podríamos considerar personales, ya desde sus primeros minutos me sentí desconcertado. Quizá fuera por su estética tan góticamente kitsch, que me recordaba a la premonitoria sensación de "esto va a ser un desastre" experimentada hace uno unos años mientras veía el tráiler de Dark Shadows de Tim Burton. El regusto dejado por Crimson Peak no ha sido tan negativo pero tampoco me siento tentado a revisitarla en un futuro cercano.

Crimson Peak viene a ser un elaborado engaño en varios niveles, comenzando con una historia anunciada como "de fantasmas" que en realidad discurre por derroteros bien distintos. En su argumento repleto de pistas falsas, ni las personas son lo que aparentan ni los espectros tienen una relevancia acorde con su generosa presencia en pantalla: de hecho, el guion no sufriría demasiado si se suprimieran todos sus elementos sobrenaturales. Tras un primer acto de duración algo excesiva la acción se traslada a Allerdale Hall, una disfuncional casa solariega que no solo sirve de marco al grueso de la historia, sino que revela en qué se ha gastado del Toro su abultado presupuesto. Dejando de lado la oscura belleza infográfica de la mansión, la película no llega a alzarse por encima de lo pacato de su premisa: unos personajes que engañan a otros para apropiarse de su dinero. Antes que con giros argumentales, el guion está aderezado con tonterías atroces, como una muerte causada por múltiples golpes contra un lavabo siendo calificada de accidental, o un aspirante a héroe que revela al villano que conoce sus nefarios planes. Y aunque no me atrevo a tachar Crimson Peak de poco inteligente, me parece palmario que en su producción los aspectos estéticos han primado sobre todos los demás.