"El Mortzestus, un velero de tres palos, tiene fama de ser una embarcación con mala estrella. Sin embargo, todo parece ir bien al principio... excepto por las sombras".

22 de abril de 2017

Ullages: Medio limón

El debut de Eagulls fue uno de mis discos preferidos del no tan lejano 2014, durante el brevísimo periodo en el que esta banda de Leeds aún disfrutaba de un cierto trato de favor por parte de la prensa musical británica. Sin embargo, no resulta especialmente llamativo que su segundo trabajo no tuviera una acogida similar tan solo dos años después, con la tibieza de la mayor parte de las críticas induciendo a considerar este disco como una víctima más de la llamada "maldición del segundo álbum".

Ullages, por Eagulls
Ya desde su anagramático título, Ullages parece proclamar la intención del grupo de introducir cambios sin renunciar completamente a continuar siendo reconocibles. Así, buena parte de la ira destilada por su predecesor ha mutado en un no del todo sorprendente gusto por la melodía, acompañándose además por una no tan esperable ralentización del tempo de sus composiciones. Canciones como "My Life in Rewind" o "Lemontrees" también revelan el hallazgo de más de un punto en común con Echo and the Bunnymen, donde antaño recordaran más bien a sus discípulos White Lies. Pero es la falta de garra de los dos singles extraídos del álbum, "Skipping" y "Velvet", lo que probablemente haya funcionado como una metafórica piedra al cuello de la banda. Ullages ha sido percibido irremediablemente como blandengue y falto de empaque, lo cual es cierto solo en parte y solo al compararlo con un álbum tan punk como el homónimo Eagulls. Probablemente esta sea una de las razones que ha condenado a Ullages a la indiferencia de unos oyentes que a menudo nos conformamos con esperar más de lo mismo.

16 de abril de 2017

Tales of the Dying Earth: Picaresca en el apocalipsis

Por algún motivo Jack Vance ha terminado siendo uno de los escritores clásicos de ciencia ficción a los que menor atención he prestado desde que naciera mi interés por el género. En alguna ocasión la curiosidad me ha llevado a leer alguna de sus novelas más breves, sin que ninguna de las dos o tres que han caído en mis manos haya dejado excesivo poso - con la posible excepción de Emphyreo. Sin embargo he terminado por aproximarme de nuevo a este autor, aunque esta vez haya preferido enfrentarme a una de sus obras de fantasía.

Como jugador de Dungeons & Dragons había oído decir que la obra de Jack Vance era la principal influencia tras el farragoso sistema de magia de este juego, en el que los hechiceros olvidaban sus conjuros una vez pronunciados, habiendo de estudiarlos de nuevo si querían volver a emplearlos. Sin embargo, la lectura de Tales of the Dying Earth muestra muy pocas semejanzas más entre la obra de Vance y el decano de los juegos de rol. Donde esperaba encontrarme con narraciones de corte heroico, las cuatro novelas que componen esta Saga de la Tierra Moribunda tienen un carácter mucho más pulp que las emparenta directamente con la obra de escritores como Fritz Leiber. De este modo, antes que las convenciones de género de la alta fantasía, en Tales of the Dying Earth encontraremos los personajes de talante mercenario y moralidad cuestionable que pueblan la narrativa de espada y brujería.

Tales of the Dying Earth, por Jack Vance
El mundo inhóspito retratado por Vance en realidad es nuestro propio planeta, en un lejano futuro en el que el sol ya ha iniciado su transición a gigante roja. Y de todos los personajes que vagan por esta tierra moribunda hay que destacar al pícaro Cugel, protagonista de las dos novelas más extensas de la saga. Cugel es un rufián al que los planes casi nunca le salen bien, no por la pereza que posee en abundancia o por una falta de talento que ciertamente no es uno de sus defectos, sino por pura mala suerte. Las dos novelas centrales de Tales of the Dying Earth están dedicadas a relatar sus idas y venidas, de una manera tan episódica que revela al instante su origen como publicación periódica. Son demasiadas las ocasiones en que Jack Vance parece escribir a vuelapluma y en sus páginas abundan las descripciones caóticas y las secuencias temporales confusas, a lo que hay que añadir el carácter inevitablemente repetitivo de las aventuras e infortunios del astuto Cugel. A pesar de todo, Tales of the Dying Earth me ha parecido una obra extraordinariamente imaginativa y muy entretenida, además de refrescantemente alejada de la gran mayoría de clichés que solemos asociar a la narrativa fantástica.

5 de abril de 2017

Predestination: Soy mi propio abuelo

Los viajes en el tiempo son un elemento tan recurrente dentro de la ciencia ficción que he de hablar de ellos una vez más. He de confesar que, si bien prefiero las historias basadas en bucles cerrados, encuentro desconcertantes en exceso aquellas películas que, como Primer, requieren de múltiples visionados, la elaboración de un croquis y una extrema capacidad de atención al detalle para llegar a entender qué es lo que está ocurriendo en pantalla. En el extremo opuesto se encuentran las obras al estilo de Los cronocrímenes, más amables y absolutamente comprensibles sin renunciar a una cierta naturaleza de juego intelectual. Una de las últimas películas de este segundo tipo que he tenido la ocasión de ver es la adaptación del relato All You Zombies, de Robert A. Heinlein, aunque en su versión cinematográfica ha sido rebautizada como Predestination. Se alude así a la llamada paradoja de la predestinación: el viaje al pasado de un personaje terminará revelándose como la causa que motivará dicho viaje en el futuro.

Predestination
Es difícil decir mucho más acerca de Predestination sin destripar un argumento que, a pesar de no ser especialmente enmarañado, sí nos obligará a hacer algún que otro esfuerzo de suspensión de incredulidad. Sin embargo, el principal defecto de la película es de índole narrativa, con su primera parte consistiendo en una larguísima conversación entre sus dos protagonistas, durante la cual relatarán el planteamiento de la historia a través de diversos flashbacks. Además de resultar digna de Christopher Nolan, tal sobredosis expositiva hace que el despegue argumental se demore durante tres cuartos de hora. Superado este escollo, la cinta se redime en buena medida pero la mencionada tardanza en alcanzar el segundo acto la lastra de manera irremediable. No obstante, Predestination es muy disfrutable si nos enfrentamos a ella con un poco de paciencia y buena voluntad, aunque necesitaríamos mucho más que esto para llegar a considerarla un clásico.

1 de abril de 2017

Batallas inimaginables

La bajada propuesta para el tipo impositivo aplicable a los espectáculos ha sido interpretada de diversas maneras, pero la tónica general ha sido poner el acento en la parte que ha quedado fuera: el cine, que continuará tributando al 21%. Varios medios han querido ver en este nuevo capítulo de las guerras del IVA cultural la voluntad del gobierno de continuar castigando a un sector que le es tan poco afecto como este. Incluso se podría abundar en esta lectura, tal vez contemplando esta acción legislativa como un sibilino intento de acotar y reducir la esfera de lo que es comúnmente considerado como cultura, intentando trasvasar el cine a la esfera del entretenimiento y degradando de paso a una parte de la intelligentsia hostil a la categoría de simples faranduleros.

En todo caso existen numerosas interpretaciones para las sucesivas rebajas aplicadas al IVA cultural de manera aparentemente arbitraria. De estas, resulta especialmente llamativa la que ya afecta desde hace algún tiempo a la compraventa de objetos de arte, para beneficio de colectivos tan necesitados como coleccionistas, especuladores y blanqueadores de capitales. Pero encuentro aún más hiriente la obstinación en mantener el máximo gravamen para libros y publicaciones en formatos digitales, cuando la legislación europea ya no obliga a mantenerlo. El ministro de Economía anunció a finales del año pasado que el tipo aplicable a este tipo de textos descendería, si bien no especificó cuándo y, finalmente, ha quedado fuera del proyecto de ley de Presupuestos Generales del Estado para el presente ejercicio. Hablar de la antigua reivindicación de un tipo reducido de IVA para la música en soportes físicos se me antoja incluso ridículo en estas circunstancias, por no mencionar que el sector se encuentra tan firmemente encaminado hacia la irrelevancia económica que una hipotética rebaja llegaría cuando ya no le importara a nadie.

24 de marzo de 2017

Cayendo hacia arriba

No creo que sea posible entender la producción musical reciente de nuestro país sin tener en cuenta a Los Planetas, un grupo que proyecta su alargadísima sombra sobre ese no tan heterogéneo conjunto de escenas al que solemos referirnos como indie. La influencia de Los Planetas trasciende barreras estilísticas y generacionales, siendo posible encontrar huellas de la misma en lugares insospechados; aunque mis referencias preferidas sean las de índole más bien metamusical. Por ejemplo, en Mi estrategia vital escuchamos a unos jóvenes Grushenka ironizar sobre como "esto no lo arregla [...] ni san J de Los Planetas", mientras que el más veterano Luis Brea se refiere en Baso es con v a "esa puta canción de Los Planetas", justo antes de que la batería arranque con el ritmo de Segundo premio.

Islamabad, por Los Planetas
Mi propio interés por esta banda siempre ha sido más bien tibio y centrado en sus primeros álbumes, además del recopilatorio de singles y caras B titulado Canciones para una orquesta química. Por supuesto, tampoco he podido dejar de tomar partido en el polarizador debate generado por la inclusión de elementos de carácter flamenco en sus últimos trabajos. El último capítulo de esta división entre sus seguidores ha sido originado por el single publicado de manera conjunta con Yung Beef, miembro del grupo de trap Los Santos y que anteriormente fuera conocido como Pxxr Gvng. Sin embargo, se ha hablado tanto y tan bien de Islamabad que, en comparación, Ready pa morir (sic) ha terminado por pasar casi inadvertida, algo que no lamento especialmente.

Pero las últimas noticias protagonizadas por Los Planetas han llamado mi atención por otros motivos. El empleo del término "gira" para referirse a los cuatro conciertos que el grupo ofrecerá en los meses próximos se me antoja un tanto excesivo. Y aún más peculiar es que haya sido considerado necesario especificar que esta se tratará de una gira "por salas". Que las giras a la antigua usanza hayan llegado a ser rareza sirve para dar una idea del grado de secuestro de la música en directo llevado a cabo por los festivales, aunque esta no sea una de las cosas de las que Los Planetas son culpables.

17 de marzo de 2017

Code 46: El amor en los tiempos del virus a la carta

En época reciente he recuperado la costumbre de llevar un listado de películas que quiero ver en el futuro. No obstante, a veces transcurre tanto tiempo entre anotación y visionado que cuando llega el momento del segundo he olvidado las causas de la primera. Así, muy a menudo no consigo recordar si mi interés nació de la recomendación de algún conocido, de la lectura de una reseña o incluso de su presencia en una de esas listas de los mejores filmes de tal o cual género, tan ubicuas hoy. Mi más reciente experiencia de este tipo ha sido Code 46, una película de ciencia ficción dirigida por Michael Winterbottom en el periodo que media entre su entretenida 24 Hour Party People y la muy irrelevante 9 Songs.

Code 46
La distopía retratada por Code 46 viene a ser una pesadilla panóptica de tono corporativo, aderezada además con elementos como la manipulación de la memoria humana, la creación de virus mediante ingeniería genética y la posibilidad de incesto accidental provocado por la clonación y la fecundación in vitro. Pero la mayoría de estos detalles son puramente accesorios y ya el primer intertítulo mostrado pondrá de manifiesto la importancia central en la trama de la teoría de la atracción sexual genética. Sumado al empleo del racconto como técnica narrativa, la previsibilidad de la obra alcanza un nivel excesivamente elevado para su anemia argumental. Es más, lo relatado por Code 46 no está en modo alguno a la altura del mundo que construye y a la postre es una de tantas cintas que, bajo una delgada capa de aparente ciencia ficción, oculta una historia de amor, más o menos banal, que alcanzará su vaticinado desenlace mediante un sonrojante diabolus ex machina. Hay algunas similitudes temáticas bastante claras con la más interesante Eternal Sunshine of the Spotless Mind, aunque también se puede percibir un lejano parentesco con Her, que al menos fue lo suficientemente honesta como para llevar Una historia de amor por subtítulo.

9 de marzo de 2017

Protocolos ante el apocalipsis

Pese a su reciente incursión en el Senado, no creo necesario insistir en que el subgénero "de zombis" está más que exhausto: resoplar con afectado desdén cada vez que algún conocido menciona The Walking Dead es algo en lo que ya invierto demasiada energía. Pero a pesar de todo, en las últimas semanas me las he arreglado para ver no una, sino dos películas cuya trama gira en torno a estos muertos vivientes, infectados o lo que se tercie llamarlos en cada ocasión.

Busanhaeng
El primer aspecto negativo que he hallado en Train to Busan está en el propio título con el que ha sido distribuida en nuestro país, como si usar una traducción al inglés le añadiera un imprescindible plus de foraneidad a una obra procedente de Corea del Sur. Por lo demás, Train to Busan es una película anodina cuyo principal interés radica en sus escenas de acción, con los protagonistas recorriendo el interior del tren que le da título mientras intentan no sucumbir ante las hordas de zombis. Su galería de personajes está poblada por los tipos usuales: el héroe que se sacrificará por sus compañeros, un padre dispuesto a todo por salvar a su hija y el siempre bienvenido villano de perfil corporativo. Y, aunque quizá se deba a algún tipo de brecha cultural, la lectura de género que cabe hacer es bastante negativa, con todos sus personajes femeninos prisioneros de roles pasivos y necesitando ser salvados de manera casi constante. Este es uno de los problemas que el innecesario remake ya anunciado quizá trate de atajar, mientras que los rasgos que convierten Train to Busan en un producto afín a un videojuego o una partida de rol probablemente serán percibidos como virtudes y conservados.

The Girl with All the Gifts
El visionado de The Girl with All the Gifts ha ofrecido una experiencia muy diferente. Basada en la novela homónima de Mike Carey (de quien ignoraba su trayectoria como novelista, conociéndolo por su labor como guionista de cómics), esta cinta británica nos remite de manera inevitable a un clásico del subgénero como 28 Days Later, con la que comparte un tratamiento similar de algunos temas. La principal herramienta que aquí se emplea para mantener el interés durante el metraje es sencilla, consistiendo en dosificar el grueso de la información con gran tacañería e incluyendo alguna pista ocasional para espectadores atentos. Por ejemplo, un plano en el que vemos una hormiga encaramada a una brizna de hierba podría ofrecer alguna información a micólogos, aficionados a documentales o lectores avezados de la Wikipedia. Así mismo, la película emplea el mito de Pandora como leitmotiv, desde su propio título (Pandora significa literalmente "todos los dones", al igual que "all the gifts" en el título original) hasta un final que casi me atrevería a calificar de sorprendente. Pero el mayor elogio que puedo dedicarle a The Girl with All the Gifts es que ha despertado mi curiosidad por la novela en que se basa: un libro que en su edición en castellano ha sido titulado como Melanie, recibiendo además Una novela de zombis a modo de subtítulo tan escasamente original como poco apetecible.