14 de julio de 2014

Mensajes del ayer

A pesar de haber aprendido a amar la música de The Smiths desde mi interés por la figura de su guitarrista he encontrado mucho más apetecible seguir las posteriores correrías del otro colíder de la banda, el inefable Steven Morrissey. Quizá se deba a que la carrera de este último consiste únicamente en una relativamente extensa serie de álbumes en solitario, mientras que el resto de la producción musical de Johnny Marr se reparte entre un buen número de bandas. Por desgracia, mi interés por la mayoría de estos grupos era escaso antes de la incorporación de Marr y mi afición a su música nunca pasó de ser algo impostado.

Dejando de lado un álbum grabado bajo el nombre de Johnny Marr + The Healers, la sola excepción a la mercenaria y casi funcionarial carrera del guitarrista de Manchester es su paso por Electronic. Pero de los tres álbumes fruto de esta colaboración con Bernard Sumner tan solo el primero ha encontrado algún acomodo en mi memoria y, de hecho, nunca he llegado a dedicar más que un par de someras escuchas al que cuenta con Rasputín en la portada. Muy diferente ha sido mi experiencia con The Messenger, el primer álbum de Johnny Marr anunciado como un trabajo en solitario. Este disco constituye en buena medida una mirada al pasado y su propio artífice ha afirmado que su objetivo en absoluto era la experimentación. Aún así, el álbum no se trata del vacuo ejercicio de autocomplacencia que bien podría haber sido y cuenta con canciones tan excelentes como la que le presta su título, European Me o New Town Velocity. La gran virtud de The Messenger ha sido traer de vuelta al Johnny Marr de siempre, el guitarrista que espoleó mi curiosidad por su instrumento, y ello hace que esté casi dispuesto a perdonarle las mediocres versiones de The Smiths con las que últimamente fustiga a su público en directo.

30 de junio de 2014

¡Qué independencia!

En numerosas ocasiones he reflexionado sobre los géneros musicales desde estas mismas páginas, llegando siempre a parecida conclusión: las etiquetas funcionan mejor cuando su finalidad es meramente la de orientar y para ello se requiere un grado de vaguedad. Categorías amplias y difusas como rock, pop o punk son paradójicamente más útiles y se prestan a menos equívocos que las del enrevesado árbol genealógico del metal, con su exhaustiva taxonomía no apta para profanos.

Sin embargo nunca he sabido qué hacer del pretendido intento de hacer de lo indie un género musical con entidad propia. En origen, el término no es más que el apócope de independiente - en alusión a la situación contractual de los músicos - aunque también hace referencia a una determinada actitud, caracterizada entre otros rasgos por la filosofía DIY procedente del punk. Pero la vertiente del pop que trata de posicionarse frente al llamado mainstream ha conseguido apropiarse prácticamente en exclusiva del término indie, despojándolo de su significado original y casi vaciándolo de contenido. Este intento de construir un concepto de indie a la medida de la nueva modernidad invita a la confusión y en ocasiones delata a algún melómano con afán de significarse como más molón que el vecino. No veo que existan unos rasgos estilísticos comunes que permitan definir el indie como género diferenciado y su percepción como tal es puro elitismo, una vana pretensión de demostrar que la música disfrutada por los elegidos es mejor que la que escucha el resto de la humanidad.

28 de junio de 2014

A pedra da serpe

Muchos son los motivos por los que me gusta visitar la Feria del Libro de Madrid aunque la mareante cantidad de volúmenes allí expuestos no sea la más importante ni de lejos. Encuentro irresistible visitar las casetas de las editoriales más modestas para hallar la ocasional gema oculta pero la Feria es ante todo una estupenda fuente de anécdotas librescas: desde el dependiente que interrogaba a su compañero sobre la ubicación de no sé cuál trilogía fantástica en cuatro tomos hasta el librero de Valdemar que, ante un lector que ponía de manifiesto su hartazgo por el mito del vampiro, replicaba con exquisito cinismo que aún más inverosímil era el de los emprendedores y muchos se lo tragaban en la vida real.

Esta caseta de la editorial Valdemar ha sido durante muchos años una de mis escalas obligatorias, a las que en fechas más recientes se han añadido los puestos de Gigamesh y Alamut/Bibliópolis. Este último siempre está regentado por un mismo librero que, a pesar de no recordarme de un año para otro, suele proporcionarme jugosas recomendaciones, algún material promocional y, en una ocasión, hasta un apretón de manos por tener la osadía de leer a Iain Banks en su inglés original. Sin embargo, este año no me he dejado seducir por sus consejos y he decidido llevarme de su caseta una de las obras más recientes de Andrzej Sapkowski, un librito titulado Víbora.

Ambientada a comienzos de la guerra ruso-afgana, Víbora funciona en un primer nivel como contrapunto a la mayoría de narraciones transcurridas durante la Guerra Fría con las que estamos familiarizados, generalmente pertenecientes al relato propagandístico estadounidense. Las tropas soviéticas trascienden aquí su usual papel de antagonistas y su punto de vista pasa a ser el telón de fondo sobre el que se teje la trama, una historia fantástica en la que un alférez del ejército rojo será seducido por la oscura fuerza que mora en un recóndito paraje del Hindu Kush y de la que esta breve novela toma su título. Víbora cuenta con evidentes rasgos de obra menor, siendo una lectura no demasiado ambiciosa y lastrada por algunos detalles relativamente poco importantes. Algunos de ellos son atribuibles a la traducción de un José María Faraldo menos afinado que de costumbre, que emplea un buen número de grafías cuestionables - como Fernando Po o muyaidín - amén de errores comunes como un horrendo "volved en sí". Pero en esta ocasión me temo que la mayoría de problemas tienen su origen en el autor, que ha pergeñado un texto infestado de terminología militar soviética - descifrable mediante un glosario de incómodo uso por no estar ubicado al final del libro - y poblado por personajes que, a la manera de Hercule Poirot, salpimentan su discurso con retazos de su lengua materna. Por añadidura, la obra contiene errores que no pueden ser más que el producto de una investigación insuficiente: es el caso de la aparición de las sarisas macedonias que, siendo unas larguísimas picas, ni eran armas de caballería ni artilugios susceptibles de ser disparados. Estos y otros detalles no impiden el disfrute de Víbora por un lector motivado pero sí contribuyen a deslustrar el resultado final, proporcionando a la obra un inmerecido tufillo alimenticio cuando hubiera podido ser una más que correcta novela de aventuras en clave fantástica.