31 de agosto de 2015

Reverendo Padre

Hace al menos una década que adquirí en circunstancias inconfesables varios números de la edición española de la revista Métal Hurlant. Yo aún no era un lector regular de cómics pero me las arreglé para encontrar fascinantes algunos de sus contenidos, en particular el extenso artículo de Alejandro Jodorowsky que llevaba por título Dune: La película que nunca podrás ver. En él, el autor chileno relataba su malhadado intento por llevar a la pantalla la novela homónima de Frank Herbert y cómo se vio truncado por problemas de financiación. Por entonces ya había leído Dune, habiendo llegado a ella desde la adaptación dirigida por David Lynch, que en mi infancia me pareció un fascinante relato de aventuras. Pero mientras la primera continúa siendo una de mis novelas favoritas, el paso del tiempo ha erosionado un tanto mi aprecio por una película que nunca respetó el espíritu del texto original y ni siquiera constituye una obra relevante por méritos propios.

Mi familiaridad con estos materiales ha hecho que no pueda pasar por alto Jodorowsky's Dune, al tiempo que ha eliminado toda posibilidad de sorpresa. En este documental el chileno narra nuevamente la historia de su proyecto más ambicioso, aunque en esta ocasión su relato es matizado por voces tan autorizadas como las de Dan O'Bannon, Chris Foss y H. R. Giger. El documental desgrana en su hora y media de duración el trabajo llevado a cabo durante la preproducción de aquella Dune que nunca fue pero, sobre todo, pone de manifiesto la capacidad de Jodorowsky para identificar el talento, al reunir a personas que entonces iniciaban sus carreras y que con el tiempo llegarían a ser figuras de primera línea en sus respectivos campos. Sin embargo, Jodorowsky's Dune también retrata al chileno como un cantamañanas que define a los miembros de su equipo como "guerreros espirituales", mientras habla de cómo decidió dirigir una adaptación de Dune incluso antes de haber leído la novela, guiado por una intuición mística o algo similarmente descabellado.

A pesar de estas pretensiones metafísicas, Jodorowsky's Dune es una obra interesante, en la que destaca un epílogo que detalla la influencia de los diseños de producción de esta abortada Dune en numerosas películas posteriores, desde Star Wars hasta Prometheus. Pero si algo me ha parecido llamativo en este documental es el escaso número de referencias a Frank Herbert, a quien las pamplinas de Jodorowsky degradan de autor de Dune a mero intérprete del inconsciente colectivo. Según el chileno, una obra no pertenece a su autor sino que forma parte del acervo cultural de la humanidad y, por tanto, un autor no crea sino que se limita a mostrar su visión particular de un mito. Semejante zarandaja desprende tal aroma a psicoanálisis de garrafón que no puedo dejar de relacionarla con la disciplina psicomágica tan querida por Jodorowsky.

25 de agosto de 2015

Desventuras sin papel

Uno de los motivos por los que no compro demasiados tebeos editados en España es el riesgo implícito en tal aventura, que a menudo resulta ser apta sólo para lectores intrépidos. Por mi parte, detesto embarcarme en la lectura de una serie ignorando si será publicada al completo, no ya por causas atribuibles a su autor sino por abandono editorial.

Un ejemplo a la postre afortunado ha sido Curiosity Shop, una trilogía escrita por las autoras madrileñas Teresa Valero y Montse Martín. Ni siquiera es necesario extraer estos volúmenes de su anaquel para intuir la azarosa historia de su publicación, visible en unos lomos que lucen sendos logotipos correspondientes a tres editoriales distintas. O no exactamente, ya que los dos primeros tomos fueron publicados por una misma empresa, que al dejar de ser una de las filiales de la francesa Glénat pasó a denominarse EDT. Pero cuando esta última inició su hibernación, transcurrió un tiempo durante el cual el destino de la última entrega de Curiosity Shop fue incierto. Finalmente aparecería en España de la mano de Dibbuks, tras una espera no demasiado prolongada aunque sí varios meses después de haber sido editada en Francia.

Peor ha sido el caso de The Unwritten, de los estadounidenses Mike Carey y Peter Gross y publicado allí por Vertigo y aquí inicialmente por Planeta DeAgostini. Comencé a leerla casi por casualidad, siguiendo la sugerencia de un librero que me la recomendó tras descubrir mi devoción por Sandman y el relativo interés que en aquel momento sentía por Fábulas. Obtener los primeros números fue sencillo y aún más leerlos con fruición: los problemas no llegarían hasta su cuarta entrega. Por el motivo que fuere, The Unwritten pasó a estar huérfana de editorial en nuestro país hasta que finalmente ECC se hizo cargo de ella. Desde entonces la colección ha sido objeto de decisiones cuestionables, como la escisión de su sexto tomo en dos volúmenes o la publicación del noveno (un crossover con la mucho más exitosa Fábulas) sin que haya ni rastro del séptimo o el octavo. Así, dos años después de la interrupción de su publicación regular, parece que debamos dar la serie por desahuciada en España. Si algún día quiero saber como termina la historia de Tommy Taylor tendré que recurrir a su edición original, algo que quizá hubiera debido hacer desde el principio.

P.S. Mientras terminaba de escribir este texto he descubierto que la publicación de un nuevo número de la edición en castellano de The Unwritten está prevista para el próximo mes.

11 de agosto de 2015

¿Quién sobrevivirá?

Mi interés por la música nunca me llevó a convertirme en un oyente habitual de radio, ni siquiera en la época en que era una de las vías primarias para entrar en contacto con nuevos grupos. Siempre dejé este medio en un segundo plano, preferiendo guiarme por recomendaciones de amigos y conocidos, además de lo leído o vislumbrado en revistas y fanzines. Y sin embargo hoy ha llegado a escuchar mucha más radio que antaño, siempre en la variante de programas a la carta que se ha dado en llamar podcasts y casi nunca de aquellos dedicados a la música.

Por ello me ha parecido verdaderamente inusitado conocer a Makthaverskan de este modo, sin saber en un principio quienes eran los autores de aquella canción que me había intrigado casi desde su primer compás. Finalizada la investigación pertinente, Makthaverskan ha resultado ser una joven banda de Gotemburgo que cultiva una variedad de rock gótico en la que se insinúan muchos de los usuales progenitores ilustres, pero evitando holgadamente el agujero negro en que parece haberse convertido hoy el legado de Joy Division. La coctelera tampoco ha arrojado un resultado especialmente novedoso en esta ocasión pero no he podido evitar sentirme cautivado por un sonido en el que destacan la rotunda presencia de sus líneas de bajo y la notable proyección vocal de su cantante, que bien podría arreglárselas sin parte de su reverberante envoltorio. Otros detalles son fruto de un desvergonzado saqueo de la discografía de The Cure, como el uso ocasional del bajo de seis cuerdas a modo de instrumento melódico; con todo, estos hurtos son preferibles a unas guitarras que se tornan chicharreras en cuanto abandonan su infatigable limpieza en favor de la distorsión.

Ignoro si ha sido a causa del miedo a la indigestión o por el deseo de prolongar la sensación de novedad pero por el momento he preferido no escuchar el primero de los álbumes de Makthaverskan. Con su pátina sombría, el sonido a caballo entre pop y punk que reina en su segundo trabajo debiera bastarme durante una temporada. Sobre todo al suplementarlo con Witness, el single que contiene la canción homónima que me ha llevado a este penúltimo hallazgo.