29 de julio de 2015

Esa es otra historia

Antes que simple cansancio, creo que lo que está haciéndome postergar mi cita anual con Juego de Tronos se trata de desencanto. Pero mientras me debato entre verla o dejarla correr he caído en la cuenta de mi escaso interés por las adaptaciones de obras literarias a cualquier tipo de pantalla. Me cuesta no abordarlas sin temor a recortes argumentales, personajes irreconocibles o caprichosos cambios en su tono. Incluso para ver La comunidad del anillo tuve que vencer cierta reticencia, mientras que la versión cinematográfica de Sandman que ya se adivina en lontananza solo me produce anticipada perplejidad. No creo pecar de elitismo al señalar que, con frecuencia, las adaptaciones a medios audiovisuales vienen a ser traducciones culturales que devalúan la obra original para atraer a mayores - y más rentables - audiencias. Así mismo, la expectación que muchos sienten ante una versión filmada de las páginas de sus amores me parece un sentimiento sospechoso, una suerte de menosprecio al original que lo reduce a la condición de boceto.

Esta aversión a los manoseos de mis obras favoritas no sólo no es reciente sino que puedo rastrear su origen hasta La historia interminable. Es posible que aquella novela fuera el primer libro de cierta extensión que leí: incluso recuerdo haberme sentido intimidado por su tamaño, aunque detalles como su impresión bicolor me animaran a acometer aquella lectura inicial. Y, aunque han transcurrido años desde la última, estoy seguro de que aún hoy podría revivir algo de la sensación de maravilla que me produjera de niño. Por el contrario, la película me pareció un tremendo fraude ya entonces y estoy convencido de que verla contribuyó de algún modo a la forja del espíritu crítico que hoy pueda poseer. Que Atreyu no tuviera la piel verde, su caballo Ártax no hablara, la Nada se mostrara como un cielo encapotado y Bastian no fuera un protofriki gordo con gafas son detalles menores. Peor es la despiadada condensación que trata como lastre inútil elementos esenciales, destacando un final en el que la Emperatriz Infantil no encomienda a Bastian que cree una nueva tierra de Fantasia: simplemente vuelve a hacer aparecer la antigua como si nada (o la Nada) hubiera ocurrido. Esta trivialización de la muerte y la pérdida es aún peor que haber dejado alevosamente medio libro fuera de la película.

23 de julio de 2015

Antaño heroico

La manera en que mi mente a veces se obstina en aferrarse a ciertos detalles me produce no poca fascinación. Estos días me ha forzado a remontarme a mi infancia, al tratar de rastrear el recuerdo desdibujado de una película que, de algún modo, había resistido el paso del tiempo. Ignoro las circunstancias en que la vi, aunque debía tener la edad suficiente como para estar familiarizado, si no con el término, sí con el concepto de postapocalipsis: algo no muy extraño en un vástago de la Guerra Fría.

No haber olvidado la presencia del imponente Yul Brynner ha convertido esta investigación en algo absurdamente fácil. Han bastado unos minutos para revelar que la película en cuestión se trataba de The Ultimate Warrior, aquí rebautizada con un título tan literalmente descriptivo como Nueva York, año 2012. Con el enigma resuelto el siguiente paso ha sido volver a verla aunque mi intención no fuera la de realizar un ejercicio nostálgico más. Si bien sentía curiosidad por comparar la película con los recuerdos que conservaba de ella, sobre todo quería comprobar si tenía algo especial que justificara la persistencia de su memoria tantos años después.

El mundo que nos muestra The Ultimate Warrior es un escenario urbano algunas décadas tras el fin de la civilización, aquí causado por un microorganismo que destruyó la mayor parte de la vida vegetal. También se alude a una escasez de petróleo que ubica la obra a mediados de los años setenta de manera aún más rotunda que las patillas y bigotones de parte de su elenco. The Ultimate Warrior no puede ser descrita como innovadora pero sí se aleja de la imaginería postapocalíptica usual, quizá por tratarse de una película anterior al movimiento punk que tanto contribuiría a la estética del subgénero en los años ochenta. El filme no solo consigue construir un entorno hostil creíble sin recurrir a antagonistas con crestas, cuero y tachuelas sino que, en un insólito alarde de minimalismo, las armas de fuego no hacen aparición. El protagonista va armado con un cuchillo de comedido tamaño que, a despecho de su letalidad, contribuye a retratarlo como una versión menos invulnerable y más verosímil de aquellos viriles héroes de antaño sin dobleces, capaces de enfrentarse a los malos con las manos desnudas si así se terciaba. Estos ingredientes convierten The Ultimate Warrior en un relato de aventuras con un aroma más tradicional de lo que sus elementos de ciencia ficción me hacían esperar, y que he disfrutado precisamente por su alejamiento de las convenciones de género que solemos adscribir al postapocalipsis.

12 de julio de 2015

Lumpenproletariado

En alguna ocasión he mencionado lo fragmentario de la carrera de Johnny Marr tras la disolución de The Smiths. Desde entonces el guitarrista ha militado en un buen número de bandas, limitándose a funcionar como un competente músico de sesión en la mayoría y reservando su genio para las menos. Modest Mouse ha sido uno de tantos grupos en los que Marr ha recalado fugazmente, aunque yo no lo conociera antes de su llegada y no lo haya seguido tras su marcha. De hecho, mi contacto con este grupo estadounidense se ciñe a We Were Dead Before the Sink Even Sank, el único álbum en el que participó el guitarrista británico y del que no guardo recuerdo alguno, ni bueno ni malo.

Esta semana he vuelto a encontrarme con Modest Mouse en las noticias, en esta ocasión a raíz de una entrevista concedida por su cantante durante una estancia en Polonia. En ella, Isaac Brock se despacha a gusto con Portland, su actual lugar de residencia. El principal problema del músico con su ciudad de acogida parece ser el gran número de personas sin hogar que pueblan sus calles. Así, Brock describe una urbe "infestada de vagabundos", a los que también se refiere a como unos "zurullos humanos" que ponen en peligro su "mentalidad liberal". No conozco la demografía de Portland y tampoco suelo tener claro a qué se refieren los estadounidenses al emplear el término liberal pero estas palabras de Brock, aún sacadas de contexto como están, no hacen sino revelar un clasismo aún más sonrojante que su falta de empatía.

Precisamente acabo de terminar con la lectura de Chavs, del periodista británico Owen Jones. Su subtítulo La demonización de la clase obrera no es en absoluto gratuito y la obra trata temas sociales de gran relevancia, con una intención divulgativa antes que académica. La entrevista al citado Brock me ha remitido inevitablemente al cuestionamiento que Jones hace de la meritocracia, señalando que se trata de una falacia que permite a las clases sociales con rentas más elevadas mirar por encima del hombro a los grupos sociales desfavorecidos. Si alguien no ha triunfado en la vida es porque no se ha esforzado lo suficiente: se trata de un fracaso individual no atribuible a problemáticas sociales. Este mecanismo de legitimación de las élites no es exactamente nuevo y podemos verlo en el darwinismo social subyacente en la idea del sueño americano. Pero su inclusión en la mitología neoliberal es parte del legado de políticos como Margaret Thatcher, visible hoy en el discurso dominante en los medios de comunicación y en las impúdicas palabras de algunos cantantes de rock.