21 de noviembre de 2014

Implante neural táctico

El gran estreno cinematográfico de ciencia ficción de este año ha sido la esperada Interstellar, último trabajo de un Christopher Nolan que aún conserva su estatus como director de culto a pesar del éxito de público cosechado por sus devaneos superheroicos. Aunque todavía no la he visto no por ello he sido capaz de evadirme de los numerosos debates que está suscitando en los que, por ejemplo, se discute sobre si hay en ella más de Spielberg o de Kubrick. Incluso encontraremos quien niegue su naturaleza de obra de ciencia ficción, una etiqueta que suele aplicarse alegremente a Gravity o a cualquier otra narración en la que aparezcan naves espaciales. Pero lo cierto es que este género solo cobra protagonismo cada vez que el rodillo publicitario es puesto en marcha por alguna película de elevado presupuesto, aunque a la postre se limite a ser un nuevo producto de acción ambientado en escenarios futuristas.

Este no es el caso de The Machine, una modesta producción británica escrita y dirigida por el debutante Caradog W. James. Su planteamiento no es de una gran altura conceptual y los temas que trata ni siquiera son especialmente novedosos: en lo esencial nos remite una vez más a Frankenstein y sus cuestiones acerca de lo que nos hace humanos, además de jugar con el miedo que el hombre siente hacia su obra y que ya ha aparecido en tantos argumentos en los que la robótica desempeña un papel importante. La cinta incluye también más de un guiño a otros ancestros ilustres, con algún elemento visual tomado directamente de Metropolis y una banda sonora demasiado inspirada en la compuesta por Vangelis para Blade Runner - el tema que suena durante los títulos de crédito finales es algo así como un semiplagio. Con su trillada temática y unas referencias tan evidentes no esperaba gran cosa de una The Machine que sin embargo se las arregla para funcionar con solvencia a pesar de unos personajes desdibujados y un apresurado final en el que todo se resuelve a hostias. Estos detalles tampoco impiden que el futuro cercano que aquí se esboza sea especialmente inquietante, quizá porque ya casi lo podemos vislumbrar en el horizonte.

7 de noviembre de 2014

El misterio de las voces élficas

Cuando conocí a Cocteau Twins la banda escocesa se hallaba en las postrimerías de su carrera. Su relevancia no solía ser puesta en duda pero tampoco era raro que se la considerara una antigualla heredada de los años ochenta, entonces todavía demasiado cercanos para ser reivindicados sin asomo de sonrojo. Es posible que su nombre no esté tan presente en el discurso musical dominante como el de algunos de sus coetáneos pero su legado es hoy más visible que nunca y su influencia se deja sentir en el sonido de numerosas bandas.

Algunos de estos grupos afines han terminado recalando en Bella Union, la compañía discográfica fundada por Robin Guthrie y Simon Raymonde tras la disolución de Cocteau Twins. Por supuesto, era inevitable que Bella Union publicara el primer trabajo de Snowbird, un proyecto del propio Raymonde junto a la cantante estadounidense Stephanie Dosen. Pero las primeras escuchas de Moon han supuesto una pequeña decepción, quizá agudizada por las expectativas generadas durante la espera previa a su aparición. El intrincado trabajo vocal de Dosen es en exceso reminiscente del llevado a cabo por Elizabeth Fraser en Cocteau Twins, con un protagonismo aun mayor que lo hace destacar sobre el algo anodino apartado instrumental. Aquí Raymonde parece haberse limitado a recrear los momentos más lánguidamente aburridos de su antigua banda, reemplazando buena parte de la riqueza sonora de antaño con pianos minimalistas.

Mucho más satisfactorio ha sido mi encuentro con The Dew Lasts an Hour, el primer álbum de Ballet School y también editado por Bella Union. Los ídolos de esta banda afincada en Berlín son tan fácilmente identificables en su sonido que me cuesta contener mi condescendencia cada vez que oigo otro gorgorito que parece salido de la garganta de Elizabeth Fraser, o una nueva línea de bajo tan bañada en chorus que podría haber sido tocada por Peter Hook en sus años mozos. El ejemplo perfecto es Heartbeat Overdrive, una canción que llega a sonar como un mashup de Cocteau Twins y New Order: todo el disco viene a ser un constante déjà vu aunque ello no impide que esté repleto de buenas melodías y, casi a mi pesar, no puedo evitar regresar a él una y otra vez. Me consuela pensar que The Dew Lasts an Hour es un primer trabajo y hay tiempo para que Ballet School trascienda su cómodo rol de herederos espirituales de otras bandas.

27 de octubre de 2014

Errores de medición

Alguna vez he relatado la naturaleza casual de muchos de mis descubrimientos musicales, normalmente hechos gracias a un pequeño detalle leído de soslayo en cualquier reseña minúscula que llama mi atención y que pasa a funcionar como un auténtico mapa del tesoro. En ocasiones estas pistas se revelan como un callejón sin salida aunque en otras me conducen a algún hallazgo no del todo inesperado.

Mucho más a menudo escucho música que se abre paso hasta mí por pura fuerza bruta, a base de acumular referencias procedentes de diversos medios. Así es como hace tres años me topé con The English Riviera de Metronomy, un grupo del que sabía tan poco que hasta hace unos días pensaba que el mencionado álbum era su primer trabajo de larga duración cuando en realidad ya era nada menos que el tercero, por no mencionar su abultado número de EPs publicados. Ni siquiera recuerdo que mi primera escucha de este disco naciera de un interés genuino sino más bien de la simple curiosidad, combinada con ese vago afán de estar a la última del que soy culpable de tanto en tanto.

Lo cierto es que la primera impresión que me causó The English Riviera fue menos que excelente aunque algunas de sus canciones (los singles The LookEverything Goes My Way) me hicieron regresar al álbum de manera casi inconsciente más de una vez. A pesar de ello Metronomy continuó siendo uno de tantos grupos a los que no prestaba demasiada atención y estuve a punto de pasar por alto la publicación de su reciente Love Letters. Pero ya desde su primera escucha este álbum me ha revelado un nuevo botín de estupendas canciones de pop electrónico, con un talante agridulce similar al ya desplegado en The English Riviera. Y canciones como Month of Sundays o Reservoir han hecho que incluya a Metronomy en alguna categoría especial reservada para los grupos que por algún motivo me gusta escuchar en otoño.