"El Mortzestus, un velero de tres palos, tiene fama de ser una embarcación con mala estrella. Sin embargo, todo parece ir bien al principio... excepto por las sombras".

28 de mayo de 2017

¡Universo!: Costumbrismo cósmico

Los Premios Eisner vienen entregándose desde hace ya casi tres décadas pero no he sido consciente de su existencia hasta hace muy poco tiempo. Quizá mi particular ignorancia al respecto viniera motivada por el marcado carácter local del galardón, concebido para premiar a trabajadores de la industria estadounidense del cómic y que solo ocasionalmente recaía en autores europeos. Ni siquiera estoy completamente seguro de ello pero creo recordar haber descubierto estos premios cuando el cuarto volumen de Blacksad se alzó con uno, generándose cierta polémica con el subsiguiente comunicado del guionista Juan Díaz Canales, en el que expresaba su rechazo a que la administración pública empleara su nombre como parte de la estrategia promocional para la entonces recién creada "Marca España".

El número de historietistas procedentes de nuestro país que ha alcanzado cierto reconocimiento en los Estados Unidos no ha dejado de crecer desde entonces, debido principalmente a aquellos que trabajan en las grandes editoriales. Pero entre los siete autores españoles que han sido nominados en alguna categoría de la presente edición de los Premios Eisner podemos encontrar un nombre del todo inesperado: Albert Monteys. El currículum de Monteys es extenso y su trabajo tanto en El Jueves como en Orgullo y Satisfacción es tan conocido como apreciado. Pero su faceta de friki profesional es bastante menos pública y no creo que seamos muchos quienes también lo recordamos por su primeriza serie Los cuentos del Tío Trasgo, publicada en la extinta revista Líder, dedicada nada menos que a los juegos de rol.

¡Universo!, por Albert Monteys
El propio Albert Monteys ha llegado a confesar (si bien a su manera) que una de sus grandes aficiones es la ciencia ficción, aunque este no sea un género que haya cultivado con frecuencia. Probablemente esa pasión insatisfecha fuera lo que lo llevó a realizar la primera entrega de ¡Universo! Esta serie trata muchos de los grandes temas usuales en la tradición de la ciencia ficción clásica, a menudo incidiendo en una evidente crítica social acompañada del sentido del humor que ha hecho famoso a su creador. Y a pesar de la pretendida vagancia a la que el prolífico Monteys atribuye lo irregular de su publicación, ¡Universo! ya cuenta con cinco números de lectura independiente que acaban de ser recopilados en un único volumen con motivo de su nominación a los premios Eisner en la categoría de mejor cómic digital. ¡Suerte, Albert!

P.S. Universo está disponible en castellano, catalán o inglés y puede descargarse desde Panel Syndicate por la voluntad.

19 de mayo de 2017

El infierno son las adaptaciones

Con independencia de los criterios que utilicemos para medir el éxito, parece incuestionable que Neil Gaiman es un valor en alza. El reconocimiento le llegó a este escritor británico a una edad relativamente temprana gracias a Sandman, una serie de cómics que nunca ha dejado de ser leída, apreciada o reeditada y a la que recientemente su autor ha añadido Overture, un nuevo volumen que funciona como una historia previa: lo que ya hasta la misma RAE llama "precuela". Sin embargo, la producción literaria de Gaiman no se circunscribe al mundo del tebeo e incluye un buen número de novelas y narraciones más breves, además de esporádicos trabajos como guionista.

Neil Gaiman
No obstante, la mayor parte de la fama actual - y los ingresos - de Gaiman parece proceder principalmente de adaptaciones de su obra. Dejando de lado una Neverwhere que en realidad fue escrita originalmente para la televisión, ya hemos visto versiones cinematográficas de Stardust y Coraline. Pero esto es poca cosa en comparación con lo que aún está por venir: la emisión de la serie basada en American Gods comenzó hace un par de semanas, el estreno de How to Talk to Girls at Parties es inminente y el próximo año aparecerá una versión seriada de Good Omens, novela coescrita junto a Terry Pratchett y cuya adaptación al cine es otro más de los planes frustrados de Terry Gilliam. Por supuesto, también está Sandman, aunque he de reconocer que le he perdido la pista a este proyecto y ya no sé si la intención actual es filmar una película, una serie de televisión, ambas cosas o ninguna.

Lucifer
De hecho, se ha señalado la demora en consolidar las líneas maestras de la adaptación de Sandman como la razón de que en el ínterin haya aparecido una serie nueva con la que guarda cierta relación, Lucifer. El protagonista que le da nombre es el ángel caído que todos conocemos, apropiado y modificado por Gaiman para que sirviera como personaje en Sandman y que posteriormente obtendría su propio cómic homónimo, guionizado por Mike Carey. Sin embargo, la anodina serie producida por Warner Bros. bajo el título Lucifer es de corte policial y nada tiene que ver con las respectivas obras de Gaiman y Carey, de manera similar a lo perpetrado por aquella película titulada Constantine, cuya relación con el cómic Hellblazer era más que tangencial a pesar de tomar prestado su protagonista. En cualquier caso, series como Lucifer aumentan mi escepticismo sobre muchas de las devaluadas adaptaciones audiovisuales que se realizan en la actualidad, a las que ya no me apetece aproximarme ni tan siquiera para pasar el rato.

14 de mayo de 2017

Double Star: La vieja política

Con el paso del tiempo he terminado por incluir a Robert A. Heinlein en la difusa categoría que reservo para los escritores de quienes echo mano cuando me invade la inapetencia lectora. Muchos de los temas tratados en la obra de Heinlein son de gran interés pero siento especial fascinación por el voluble ideario político que se desprende de su producción literaria. Resulta fácil sentir extrañeza ante un autor capaz de exhibir tanto el protofascismo militarista de Starship Troopers como las posiciones más que libertarias de que hace gala en Stranger in a Strange Land. Y aunque ideas tan divergentes procedan de una misma pluma, no hay que olvidar que la mano que la empuñaba perteneció a un ser humano dotado de la capacidad de modificar sus opiniones en función de un recorrido vital que le es único.

Double Star, por Robert A. Heinlein
A pesar de ser una de las novelas de Heinlein en las que la política aparece de manera más explícita, Double Star explora temas diferentes. La premisa inicial de esta obra es el secuestro de un prominente político del planeta Marte y su reemplazo por un actor que terminará suplantándolo durante más tiempo del previsto. Lejos de ser inusual, este planteamiento ha sido utilizado en infinidad de ocasiones: desde novelas decimonónicas como The Prisoner of Zenda hasta películas actuales como Viva la libertà. Pero aunque este punto de partida se presta a dar pie a un cierto nivel de análisis político, el texto no parece haber sido concebido con esta finalidad. El futurista sistema político que aquí se describe es una absurda monarquía parlamentaria, al frente de la cual se sitúa un miembro de la casa de Orange en calidad de emperador de nuestro sistema solar. Algo tan inverosímil desactiva necesariamente la lectura política de una obra que realmente se preocupa por la dimensión individual del ser humano antes que por la social. Qué es lo que nos hace ser quienes somos podría ser la cuestión a la que la novela trata de dar respuesta pero Double Star se trata de una obra realmente leve - casi un mero divertimento, a pesar de haber sido galardonada con el premio Hugo - y de lectura tan fácil como probablemente lo fue su escritura.

5 de mayo de 2017

Nueva perspectiva horrenda

El reciente fallecimiento del director estadounidense Jonathan Demme ha venido a confirmar que existe un tipo de seguidor del cine de terror acomplejado por la crónica falta de reconocimiento experimentada por el mismo. Referirse a El silencio de los corderos como el único largometraje de terror que ha recibido un Óscar a la mejor película es, como mínimo, una apropiación muy traída por los pelos: si bien es cierto que esta icónica película de 1991 contiene más de un guiño a las convenciones del subgénero, su inclusión en el mismo no parece en absoluto pertinente.

Sin embargo, existen numerosas películas de terror que aparecen frecuentemente en todo tipo de listas de "lo mejor de", con algunos de estos títulos siendo considerados obras clásicas de visionado "imprescindible" para todo cinéfilo. Las menos incluso llegan a ser mencionadas entre las mejores obras de sus directores, como El resplandor de Stanley Kubrick, Alien de Ridley Scott o El exorcista, de William Friedkin.

It Follows
En los últimos años han aparecido algunos ejemplos de cine de horror que parecen tener entre sus objetivos escapar del gueto que viene a ser este subgénero. Se trata de obras que cuidan meticulosamente sus valores de producción, aspectos formales y temas tratados, como si anhelaran una cierta aura de calidad que les permitiera ser consideradas no ya buenas películas de terror, sino buen cine sin más apellidos. La notable The Witch supone un ejemplo reciente de la mencionada tendencia pero la algo anterior It Follows exhibe esta voluntad de manera aún más clara. A pesar de estar lastrada por un guion que descarrila irremisiblemente durante su último acto, elementos como su fotografía evidencian la ambición de trascender el terror. Así, casi cada plano parece haber sido estudiado con una atención al detalle que el propio Wes Anderson podría envidiar. De hecho, aunque su director David Robert Mitchell mencione a Wes Craven como una de sus influencias, en algunos aspectos It Follows parece una obra más deudora del otro Wes, gracias a su obsesión por la simetría en los planos generales o la cuidadosa composición de pequeñas naturalezas muertas a modo de planos subjetivos. Por suerte, la película jamás se hunde en lo gratuitamente cuqui y en ningún momento olvida que su misión es asustar e incomodar.

30 de abril de 2017

Incorporated: Marco y lienzo

A pesar del gran florecimiento que experimentó a fines del siglo pasado el cyberpunk ha dejado de estar de moda y, salvo un reducido número de excepciones como la paupérrima Elysium, el grueso de la ciencia ficción popular discurre hoy por otros cauces. Una de las posibles causas es que la realidad que nos está tocando vivir tiene cada vez se asemeja más a los perturbadores futuros imaginados por las luminarias del subgénero. Incluso el propio William Gibson llegó a aducir razones de este tipo para abandonar las ambientaciones futuristas casi por completo durante varios años, aunque finalmente las haya recuperado para The Peripheral, su última novela.

Por eso la relativa rareza de una serie como Incorporated ha captado mi interés casi desde el principio, aunque la aparición de las vallas publicitarias anunciando el comienzo de su emisión casi haya coincidido con la noticia de su cancelación. Pero lejos de desanimarme, saber que me enfrentaba a una obra con su duración limitada a diez episodios me ha animado aún más a aproximarme a ella, aún temiendo la posibilidad de dar con una historia inconclusa.

En el año 2074 las grandes empresas trasnacionales se han convertido en agentes no solo económicos sino también políticos, ejerciendo una soberanía de iure sobre los territorios bajo su control y adquiriendo otras competencias tradicionalmente reservadas a los estados. La población se reparte entre la reducida élite que trabaja para estas corporaciones y reside en sus áreas de influencia y una grán mayoría que subsiste como puede en zonas fuertemente castigadas por las consecuencias del cambio climático. De hecho, la práctica totalidad de mi interés por Incorporated procede de las pinceladas con que se caracteriza el mundo, desde detalles menores como que España finalmente se haya convertido en un desierto hasta cuestiones tan importantes como la amenaza para la soberanía alimentaria que suponen las patentes de semillas. En este último caso ni siquiera necesitaríamos imaginar corporaciones ficticias como Spiga o Inazagi: la aterradoramente real Monsanto es la pionera de estas rapaces prácticas en el mundo en que vivimos.

Incorporated
Incorporated recoge prácticamente todas las convenciones de género empleadas por el cyberpunk, incluyendo algunas tan demodé como las mastodónticas corporaciones con nombres de resonancia nipona, que le prestan a la serie un sutil aire de retrofuturismo ochentero, de cuando en Occidente todavía se consideraba que el futuro "peligro amarillo" en lo económico procedería de Japón y no de China. Pero la gran estridencia de Incorporated es que su plausible mundo amorosamente recreado y su cuidadísima ambientación se pongan al servicio de una narración tan pedestre, inverosímil por momentos y que presenta un buen número de agujeros en su guión, como esos escáneres que detectan los artefactos tecnológicos o no, en función de las necesidades argumentales de cada capítulo. Al menos la cancelación de la serie ha evitado que tenga que decidir si proceder al visionado de una segunda temporada que ya no llegará.

22 de abril de 2017

Ullages: Medio limón

El debut de Eagulls fue uno de mis discos preferidos del no tan lejano 2014, durante el brevísimo periodo en el que esta banda de Leeds aún disfrutaba de un cierto trato de favor por parte de la prensa musical británica. Sin embargo, no resulta especialmente llamativo que su segundo trabajo no tuviera una acogida similar tan solo dos años después, con la tibieza de la mayor parte de las críticas induciendo a considerar este disco como una víctima más de la llamada "maldición del segundo álbum".

Ullages, por Eagulls
Ya desde su anagramático título, Ullages parece proclamar la intención del grupo de introducir cambios sin renunciar completamente a continuar siendo reconocibles. Así, buena parte de la ira destilada por su predecesor ha mutado en un no del todo sorprendente gusto por la melodía, acompañándose además por una no tan esperable ralentización del tempo de sus composiciones. Canciones como "My Life in Rewind" o "Lemontrees" también revelan el hallazgo de más de un punto en común con Echo and the Bunnymen, donde antaño recordaran más bien a sus discípulos White Lies. Pero es la falta de garra de los dos singles extraídos del álbum, "Skipping" y "Velvet", lo que probablemente haya funcionado como una metafórica piedra al cuello de la banda. Ullages ha sido percibido irremediablemente como blandengue y falto de empaque, lo cual es cierto solo en parte y solo al compararlo con un álbum tan punk como el homónimo Eagulls. Probablemente esta sea una de las razones que ha condenado a Ullages a la indiferencia de unos oyentes que a menudo nos conformamos con esperar más de lo mismo.

16 de abril de 2017

Tales of the Dying Earth: Picaresca en el apocalipsis

Por algún motivo Jack Vance ha terminado siendo uno de los escritores clásicos de ciencia ficción a los que menor atención he prestado desde que naciera mi interés por el género. En alguna ocasión la curiosidad me ha llevado a leer alguna de sus novelas más breves, sin que ninguna de las dos o tres que han caído en mis manos haya dejado excesivo poso - con la posible excepción de Emphyreo. Sin embargo he terminado por aproximarme de nuevo a este autor, aunque esta vez haya preferido enfrentarme a una de sus obras de fantasía.

Como jugador de Dungeons & Dragons había oído decir que la obra de Jack Vance era la principal influencia tras el farragoso sistema de magia de este juego, en el que los hechiceros olvidaban sus conjuros una vez pronunciados, habiendo de estudiarlos de nuevo si querían volver a emplearlos. Sin embargo, la lectura de Tales of the Dying Earth muestra muy pocas semejanzas más entre la obra de Vance y el decano de los juegos de rol. Donde esperaba encontrarme con narraciones de corte heroico, las cuatro novelas que componen esta Saga de la Tierra Moribunda tienen un carácter mucho más pulp que las emparenta directamente con la obra de escritores como Fritz Leiber. De este modo, antes que las convenciones de género de la alta fantasía, en Tales of the Dying Earth encontraremos los personajes de talante mercenario y moralidad cuestionable que pueblan la narrativa de espada y brujería.

Tales of the Dying Earth, por Jack Vance
El mundo inhóspito retratado por Vance en realidad es nuestro propio planeta, en un lejano futuro en el que el sol ya ha iniciado su transición a gigante roja. Y de todos los personajes que vagan por esta tierra moribunda hay que destacar al pícaro Cugel, protagonista de las dos novelas más extensas de la saga. Cugel es un rufián al que los planes casi nunca le salen bien, no por la pereza que posee en abundancia o por una falta de talento que ciertamente no es uno de sus defectos, sino por pura mala suerte. Las dos novelas centrales de Tales of the Dying Earth están dedicadas a relatar sus idas y venidas, de una manera tan episódica que revela al instante su origen como publicación periódica. Son demasiadas las ocasiones en que Jack Vance parece escribir a vuelapluma y en sus páginas abundan las descripciones caóticas y las secuencias temporales confusas, a lo que hay que añadir el carácter inevitablemente repetitivo de las aventuras e infortunios del astuto Cugel. A pesar de todo, Tales of the Dying Earth me ha parecido una obra extraordinariamente imaginativa y muy entretenida, además de refrescantemente alejada de la gran mayoría de clichés que solemos asociar a la narrativa fantástica.