11 de agosto de 2014

Exceso de maquillaje

Al igual que tantos aficionados a la música conocí a Lana del Rey hará unos tres años, cuando un buen número de blogs musicales comenzaban a proporcionar una cobertura inusitada a una cantante que aún no había publicado su primer álbum (olvidemos aquel debut retirado de la circulación). El debate se centraba en torno a la autenticidad de la cantante y si su fachada de artista multimedia era real o si se trataba de un producto manufacturado. El hype terminó por llegar a tales niveles que no me quedó otro remedio que escuchar el single Video Games para enterarme de qué iba todo aquello. La voz de contralto de la neoyorquina no terminó de cautivarme pero si algo me quedó claro fue la capacidad de páginas como Stereogum o Pitchfork de generar expectación y alimentar controversias, comparable a las hazañas de la NME en los años noventa del siglo pasado.

Habida cuenta de la capacidad de estos medios para crear opinión no puedo evitar indignarme ante el tratamiento realizado por Pitchfork de una noticia sobre la cancelación de un concierto de la mencionada Lana del Rey en Tel Aviv. No creo necesario relatar aquí lo que acontece en aquellos lares aunque la redactora de Pitchfork se limita a hablar de "tensiones" en la franja de Gaza y establece como causa de la cancelación del concierto la "disensión política" provocada por la Operación Margen Protector, descrita simplemente como la eliminación de los túneles que conectan Gaza con la frontera de Israel. Desde luego que el análisis político no es el punto fuerte de Pitchfork pero dar voz solo a una de las partes en conflicto es tendencioso y hasta irresponsable. Y sin embargo este texto no hace más que recoger una información publicada en Billboard, aunque esta última al menos habla de "hostilidades" e incluso llega a mencionar las asimétricas cifras de muertos israelíes y palestinos. Aún así, la sesgada cita sobre la Operación Margen Protector también aparece en el artículo original y no me parece excesivamente antisemita ver algo sospechoso en que Guggenheim Partners sea la propietaria del grupo editorial que publica Billboard.

P.S. Los artículos publicados en Pitchfork y Billboard.

31 de julio de 2014

Hoy te esperaré

Aunque el vaso imaginario que contiene mis lecturas sobre The Smiths debe estar próximo a rebosar, de tanto en tanto encuentro algún nuevo volumen que despierta mi curiosidad sobre la banda. Con el paso del tiempo mi interés en conocer nuevos detalles sobre el grupo de Manchester se ha ido desvaneciendo hasta casi la insignificancia pero a veces es reavivado por el buen hacer que se desprende de algunas obras, particularmente cuando una mano bienintencionada las deja caer en mi regazo. Y así, una de mis últimas adquisiciones ha sido The Smiths, una antología de ensayos sobre la banda británica compilada por Fruela Fernández y cuyo subtítulo Música, política y deseo parece aludir al variado carácter de los textos que la componen. La naturaleza de los mismos es ciertamente diversa y mientras que algunos han sido escritos ex profeso para la ocasión, otros son más antiguos en origen y rebuscados en su procedencia.

De este modo The Smiths se configura como un mosaico difícil de valorar en su totalidad y en el que la importancia de cada tesela dependerá en buena medida de la naturaleza del interés del lector en la banda. Junto a textos de carácter tan político como el de Wendy Fonarow podemos encontrar el análisis musicológico de Nadine Hubbs, la interesante visión de Víctor Lenore sobre la repercusión de la banda de Manchester en nuestro país y las perspectivas puramente personales de Nacho Vegas y el propio editor de la obra. Se trata de una extraña cohabitación pero no creo que ninguno de los textos sea prescindible en el conjunto de la obra: muy al contrario, esta diversidad de enfoques pone de manifiesto la riqueza presente en la música de The Smiths y hace que me maraville de cómo algo aparentemente tan trivial como una banda de pop puede continuar siendo objeto de estudio treinta años después de la publicación de su primer álbum.

28 de julio de 2014

Los viejos cadetes espaciales

En ocasiones ocurre que un autor o músico por quien en tiempos llegamos a sentir auténtica devoción pierde ese lugar de privilegio. Y menudo la causa es ese hastío que nace del conocimiento íntimo y que puede hacernos olvidar casi cualquier objeto amado.

Orson Scott Card fue durante mucho tiempo uno de mis escritores de cabecera y me sentía poco menos que obligado a leer cada palabra que escribía. Pero no sería la sobredosis lo que terminara por conducirme al desinterés sino la creciente presencia en su obra de su ideario religioso, plenamente visible en la colección de cuentos La gente del margen y llegando a extremos absurdos en La saga del retorno. La lectura de esta última pentalogía fue lo que finalmente me hizo desistir de continuar adentrándome en el universo de Card, harto del mesianismo explícito de su protagonista y de una visión reaccionaria del mundo en general y de temas como la homosexualidad en particular. A pesar de todo continúo conservando una minúscula cantidad de aprecio por Card, quizá porque aún recuerdo las especiales circunstancias en las que leí Maestro cantor y la importancia que tuvo para mí en aquellos días. Quizá por ello sentí una cierta emoción cuando se anunció que El juego de Ender saldría del limbo para finalmente ser filmada.

Sin embargo, la desgana que me inspiran los sucedáneos de ciencia ficción al estilo de Hollywood tampoco me ha concedido tregua en esta ocasión y no he reunido ánimos para ver esta adaptación hasta fecha reciente. El juego de Ender es la simplificación de la obra original que cabe esperar de un producto de este tipo, con numerosos elementos pasados a un segundo plano o completamente dejados de lado, como el papel desempeñado por los hermanos del protagonista en la obra original, las razones de los alienígenas para atacar a la humanidad o cualquier cosa que no ocurra en el entorno inmediato del protagonista. Del mismo modo, la película parece esforzarse por evitar la inclusión de conceptos comunes en la ciencia ficción, quizá para hacerla más accesible para ese hipotético espectador poco amigo de complicarse la vida con zarandajas como la dilatación temporal. Pero nada ejemplifica el presente zeitgeist como la transformación del general Mazer Rackham en as de la aviación, derrotando a los insectores no a través de su genio militar sino estampando su caza contra la nave insignia del enemigo, casi como en Independence Day. A hostia limpia y molando mazo desde el primer minuto.