28 de julio de 2014

Los viejos cadetes espaciales

En ocasiones ocurre que un autor o músico por quien en tiempos llegamos a sentir auténtica devoción pierde ese lugar de privilegio. Y menudo la causa es ese hastío que nace del conocimiento íntimo y que puede hacernos olvidar casi cualquier objeto amado.

Orson Scott Card fue durante mucho tiempo uno de mis escritores de cabecera y me sentía poco menos que obligado a leer cada palabra que escribía. Pero no sería la sobredosis lo que terminara por conducirme al desinterés sino la creciente presencia en su obra de su ideario religioso, plenamente visible en la colección de cuentos La gente del margen y llegando a extremos absurdos en La saga del retorno. La lectura de esta última pentalogía fue lo que finalmente me hizo desistir de continuar adentrándome en el universo de Card, harto del mesianismo explícito de su protagonista y de una visión reaccionaria del mundo en general y de temas como la homosexualidad en particular. A pesar de todo continúo conservando una minúscula cantidad de aprecio por Card, quizá porque aún recuerdo las especiales circunstancias en las que leí Maestro cantor y la importancia que tuvo para mí en aquellos días. Quizá por ello sentí una cierta emoción cuando se anunció que El juego de Ender saldría del limbo para finalmente ser filmada.

Sin embargo, la desgana que me inspiran los sucedáneos de ciencia ficción al estilo de Hollywood tampoco me ha concedido tregua en esta ocasión y no he reunido ánimos para ver esta adaptación hasta fecha reciente. El juego de Ender es la simplificación de la obra original que cabe esperar de un producto de este tipo, con numerosos elementos pasados a un segundo plano o completamente dejados de lado, como el papel desempeñado por los hermanos del protagonista en la obra original, las razones de los alienígenas para atacar a la humanidad o cualquier cosa que no ocurra en el entorno inmediato del protagonista. Del mismo modo, la película parece esforzarse por evitar la inclusión de conceptos comunes en la ciencia ficción, quizá para hacerla más accesible para ese hipotético espectador poco amigo de complicarse la vida con zarandajas como la dilatación temporal. Pero nada ejemplifica el presente zeitgeist como la transformación del general Mazer Rackham en as de la aviación, derrotando a los insectores no a través de su genio militar sino estampando su caza contra la nave insignia del enemigo, casi como en Independence Day. A hostia limpia y molando mazo desde el primer minuto.

14 de julio de 2014

Mensajes del ayer

A pesar de haber aprendido a amar la música de The Smiths desde mi interés por la figura de su guitarrista he encontrado mucho más apetecible seguir las posteriores correrías del otro colíder de la banda, el inefable Steven Morrissey. Quizá se deba a que la carrera de este último consiste únicamente en una relativamente extensa serie de álbumes en solitario, mientras que el resto de la producción musical de Johnny Marr se reparte entre un buen número de bandas. Por desgracia, mi interés por la mayoría de estos grupos era escaso antes de la incorporación de Marr y mi afición a su música nunca pasó de ser algo impostado.

Dejando de lado un álbum grabado bajo el nombre de Johnny Marr + The Healers, la sola excepción a la mercenaria y casi funcionarial carrera del guitarrista de Manchester es su paso por Electronic. Pero de los tres álbumes fruto de esta colaboración con Bernard Sumner tan solo el primero ha encontrado algún acomodo en mi memoria y, de hecho, nunca he llegado a dedicar más que un par de someras escuchas al que cuenta con Rasputín en la portada. Muy diferente ha sido mi experiencia con The Messenger, el primer álbum de Johnny Marr anunciado como un trabajo en solitario. Este disco constituye en buena medida una mirada al pasado y su propio artífice ha afirmado que su objetivo en absoluto era la experimentación. Aún así, el álbum no se trata del vacuo ejercicio de autocomplacencia que bien podría haber sido y cuenta con canciones tan excelentes como la que le presta su título, European Me o New Town Velocity. La gran virtud de The Messenger ha sido traer de vuelta al Johnny Marr de siempre, el guitarrista que espoleó mi curiosidad por su instrumento, y ello hace que esté casi dispuesto a perdonarle las mediocres versiones de The Smiths con las que últimamente fustiga a su público en directo.

30 de junio de 2014

¡Qué independencia!

En numerosas ocasiones he reflexionado sobre los géneros musicales desde estas mismas páginas, llegando siempre a parecida conclusión: las etiquetas funcionan mejor cuando su finalidad es meramente la de orientar y para ello se requiere un grado de vaguedad. Categorías amplias y difusas como rock, pop o punk son paradójicamente más útiles y se prestan a menos equívocos que las del enrevesado árbol genealógico del metal, con su exhaustiva taxonomía no apta para profanos.

Sin embargo nunca he sabido qué hacer del pretendido intento de hacer de lo indie un género musical con entidad propia. En origen, el término no es más que el apócope de independiente - en alusión a la situación contractual de los músicos - aunque también hace referencia a una determinada actitud, caracterizada entre otros rasgos por la filosofía DIY procedente del punk. Pero la vertiente del pop que trata de posicionarse frente al llamado mainstream ha conseguido apropiarse prácticamente en exclusiva del término indie, despojándolo de su significado original y casi vaciándolo de contenido. Este intento de construir un concepto de indie a la medida de la nueva modernidad invita a la confusión y en ocasiones delata a algún melómano con afán de significarse como más molón que el vecino. No veo que existan unos rasgos estilísticos comunes que permitan definir el indie como género diferenciado y su percepción como tal es puro elitismo, una vana pretensión de demostrar que la música disfrutada por los elegidos es mejor que la que escucha el resto de la humanidad.