27 de octubre de 2014

Errores de medición

Alguna vez he relatado la naturaleza casual de muchos de mis descubrimientos musicales, normalmente hechos gracias a un pequeño detalle leído de soslayo en cualquier reseña minúscula que llama mi atención y que pasa a funcionar como un auténtico mapa del tesoro. En ocasiones estas pistas se revelan como un callejón sin salida aunque en otras me conducen a algún hallazgo no del todo inesperado.

Mucho más a menudo escucho música que se abre paso hasta mí por pura fuerza bruta, a base de acumular referencias procedentes de diversos medios. Así es como hace tres años me topé con The English Riviera de Metronomy, un grupo del que sabía tan poco que hasta hace unos días pensaba que el mencionado álbum era su primer trabajo de larga duración cuando en realidad ya era nada menos que el tercero, por no mencionar su abultado número de EPs publicados. Ni siquiera recuerdo que mi primera escucha de este disco naciera de un interés genuino sino más bien de la simple curiosidad, combinada con ese vago afán de estar a la última del que soy culpable de tanto en tanto.

Lo cierto es que la primera impresión que me causó The English Riviera fue menos que excelente aunque algunas de sus canciones (los singles The LookEverything Goes My Way) me hicieron regresar al álbum de manera casi inconsciente más de una vez. A pesar de ello Metronomy continuó siendo uno de tantos grupos a los que no prestaba demasiada atención y estuve a punto de pasar por alto la publicación de su reciente Love Letters. Pero ya desde su primera escucha este álbum me ha revelado un nuevo botín de estupendas canciones de pop electrónico, con un talante agridulce similar al ya desplegado en The English Riviera. Y canciones como Month of Sundays o Reservoir han hecho que incluya a Metronomy en alguna categoría especial reservada para los grupos que por algún motivo me gusta escuchar en otoño.

23 de octubre de 2014

La maqueta era mejor

Durante mi primera adolescencia la publicación de ciertos libros o discos y el estreno de determinadas películas hacía que me invadiera una gran premura por disfrutar cuanto antes del objeto de deseo en cuestión. Así, recuerdo haber ido a comprar Songs of Faith and Devotion durante una tormenta de órdago o haber hecho novillos para conseguir Wild Mood Swings, amén de las numerosas ocasiones en que intenté arrastrar a alguien al cine para ver cualquier estreno "imprescindible". Pero el paso de los años ha templado aquella ansiedad juvenil y hoy son pocas las cosas capaces de generarme un sentimiento de anticipación comparable al que experimentaba entonces ante demasiadas novedades.

Por ello, no creo que tuviera prisa por leer Indies, hipsters y gafapastas y el hecho de que un ejemplar que aún conserva el calor de la imprenta haya llegado a mis manos no ha sido más que una casualidad, fruto de la visita a una librería bastante coqueta. Una reseña y un par de entrevistas a su autor, el periodista y crítico musical Víctor Lenore, habían bastado para despertar mi curiosidad por un ensayo que prometía contundencia en el tratamiento de unos temas por los que llevaba tiempo interesándome. Pero al mismo tiempo me extrañaba que toda la información sobre la obra me hubiera llegado a través de medios generalistas mientras la mayoría de los especializados mantenían un obstinado y conspicuo silencio.

Este último detalle evidencia la naturaleza controvertida de una obra que, más que a su facilón título, es fiel al subtítulo Crónica de una dominación cultural. En sus ciento cincuenta páginas (alguna menos si descontamos las ocupadas por un interesante prólogo firmado por Nacho Vegas) Lenore habla, entre otras cosas, de la homogeneización cultural impulsada desde la esfera corporativa, del predominio absoluto de la estética sobre la ética y de cómo se construyen identidades personales a través de hábitos de consumo. Además, el texto se detiene en aspectos quizá más intrascendentes pero destinados a incomodar a los aficionados a trazar una divisoria entre lo que mola y lo que no, a modo de frontera que solo puede cruzarse al abrigo del vergonzante concepto de placer culpable o protegido por una pose irónica. Indies, hipsters y gafapastas es una lectura amena y hasta liviana, a pesar de su gran densidad referencial y unos esporádicos toques sesudos que no pueden ni deben evitarse si se pretende emplear con precisión conceptos como clase o cultura. Pero la principal virtud del libro es conseguir un tremendo nivel de vigencia sin caer en la coyunturalidad o en la anécdota, proporcionando unos análisis libres de humor fácil y que retratan con acierto algunas de las formas de esnobismo más perniciosas que ha dado nuestro siglo.

17 de octubre de 2014

Con pico y barrena

En alguna ocasión he mencionado cómo mi aprecio por el terror hace que me resulte fácil rebajar mis expectativas y disfrutar de casi cualquier película del género, por infumable que sea el guión y evidentes sus monstruos de goma o píxel. Tanto es así que a veces llega a bastar con que un filme incluya un guiño o referencia a algo que cautive mi interés para que le otorgue mi sello de aprobación casi sin reservas, aunque se trate de un tostón casi irredimible.

De estas mencionadas referencias las lovecraftianas son sin duda las que encuentro más encantadoras y por eso no he tenido problemas en encontrar atractivo en una película como The Burrowers, modesta hasta el punto de no haber sido estrenada en salas a pesar de su decente factura. Pero antes que a la obra del caballero de Providence, The Burrowers me ha recordado al ambiente generado durante una buena partida de La llamada de Cthulhu, con muchos de sus tics y convenciones. Y es que The Burrowers remite inevitablemente a la mitología cthulhoidea ya desde un título que recuerda a la novela The Burrowers Beneath de Brian Lumley.

The Burrowers aúna terror y western para crear un interesante mejunje que se podría clasificar bajo la innecesaria etiqueta weird West, aunque su argumento también adquiere una mínima dimensión social a través de los paralelismos trazados entre los personajes del inmigrante irlandés y el liberto negro. La acción transcurre a finales del siglo XIX y narra el intento de rescate de una familia de colonos que en apariencia ha sido raptada por una partida de guerra india. La realidad resultará ser mucho más siniestra y poco a poco se introducirá un componente sobrenatural que finalmente dará paso a una revelación climática que sin embargo no encontré del todo satisfactoria, enturbiada por alusiones vampíricas que me parecían fuera de lugar en una película de inspiración si no plenamente lovecraftiana, sí muy cthulhoidea. Así mismo es posible que unos minutos de más le fueran extirpados a The Burrowers en la sala de montaje, evidenciándose este punto en lo apresurado de una resolución que sin embargo no le resta demasiado brillo a un descorazonador final, sorprendente pero no del todo imprevisible.