21 de marzo de 2015

Damnatio memoriae

Los grandes estudios cinematográficos son cada vez más cautos con su dinero y una parte no desdeñable de su inversión se concentra en adaptaciones de obras procedentes de otros medios, remakes más o menos innecesarios y hasta reimaginaciones completas de clásicos no tan apolillados como quisieran hacernos creer. Una variante menos usual es la representada por aquellos productos que no llegan a ser un reboot pero sí suponen una ruptura en la continuidad de una saga. Este es el caso de la proyectada nueva entrega de Conan, que además del fallido reinicio de 2011 prescindirá de Conan the Destroyer para erigirse en epílogo a la película original de John Milius. Algo similar ha sido planeado para la nueva Alien de Neil Blomkamp, concebida como una continuación directa de Aliens de James Cameron que pasará por alto las tropelías cometidas por David Fincher y Jean Pierre Jeunet en sus respectivas películas. Incluso The Blair Witch Project podría recibir parecido tratamiento, con su universalmente despreciada segunda parte siendo ignorada por un nuevo capítulo más fiel al espíritu de la obra original.

The Blair Witch Project es la responsable de haber popularizado en el cine el viejo recurso literario del manuscrito encontrado, piedra angular de todo el subgénero de películas de terror conocido como found footage. Estas obras suelen confiar en un número de recursos más bien limitado para cumplir con el cometido de asustar al espectador y su naturaleza formulaica no tarda en ponerse de manifiesto. Por ello una película como Willow Creek causa cierta sorpresa, a pesar de remitir inmediatamente a The Blair Witch Project tanto en lo argumental como en lo visual. Donde la mayoría de estas películas recurren a cámaras manejadas con pulso errático, Willow Creek consigue generar mayor tensión con un simple plano fijo en la que es su escena más memorable. De este modo el filme se alza por encima de algunas convenciones de género, llegando a dotarse de algo parecido a una identidad propia a pesar de inscribirse en una corriente tan limitada que ya nació exhausta.

9 de marzo de 2015

Perdido en la televisión

La primera canción de Suede que escuché fue una So Young acompañada de su vídeo musical, más intuido que visto en la antediluviana televisión en blanco y negro que aún se conservaba en casa de un amigo. Apenas recuerdo nada de su contenido salvo el beligerante flequillo de un vocalista que entonces encontré insoportablemente chillón. Y sin embargo no mucho después pasaría a considerar el segundo álbum de esta banda como uno de los discos más importantes de mi vida, muy por encima del resto de ofrecimientos de un pop británico por el que todavía no había llegado a interesarme. Desde entonces he pensado que la auténtica trayectoria de Suede termina poco antes de la publicación de este Dog Man Star, tras la partida del insustituible guitarrista Bernard Butler. No importa que el grupo prosiguiera su andadura para alcanzar sus mayores cotas de éxito: el precio fue convertirse de facto en una banda distinta.

Así, la lectura de una biografía integral de Suede se me antojaba interesante pero no necesaria y quizá por ello no he encontrado una ocasión propicia hasta fecha reciente, ya casi olvidado su regreso semitriunfal de hace unos años y no digamos sus tiempos de mayor esplendor. La reciente reedición del clásico de David Barnett Love and Poison (publicada en esta ocasión bajo el título casi de marca blanca Suede: The Biography) me ha provisto con un buen pretexto para bucear en el morboso pasado de un grupo donde jamás escasearon los detalles turbios. El texto es generoso con la información sobre los excesos estupefacientes y los arranques de prima donna de más de un miembro de la banda, aunque son de mucho mayor interés las minuciosas descripciones de los procesos compositivos empleados en cada álbum. Y a pesar del esfuerzo consciente de Barnett por evitarlo, la obra evidencia constantemente su carácter de biografía autorizada escrita por un fan que, por si fuera poco, durante años trabajó para la banda y llegó a formar parte de su círculo más íntimo.

La negativa de Bernard Butler a contribuir a esta biografía con su testimonio es una carencia que merma sin remedio una obra que nacía con la vocación de ser el texto definitivo sobre la banda. El guitarrista es retratado alternativamente como guitar hero, niño caprichoso y genio perturbado, especialmente durante los pasajes que relatan su abandono definitivo del grupo - en teoría motivado por el fracaso del órdago "o él o yo" lanzado sobre el productor Ed Buller. Pero mientras la obra recoge las afirmaciones del resto de componentes de Suede, atribuyendo a Bernard Butler la intención de despedir a Ed Buller para poder encargarse él mismo de la producción de Dog Man Star, el propio guitarrista siempre ha afirmado que su idea era reemplazarlo con un nuevo productor (e ingeniero) más capaz. No creo que sea necesario saber cuál es la auténtica versión de la historia pero aún hoy encuentro desafortunado que líneas de bajo tan brillantes como las de Heroine o New Generation tengan tan poca presencia en la mezcla final de un álbum tan magistral en casi todo lo demás como Dog Man Star.

27 de febrero de 2015

Feliz en tu día

Se me ocurren pocos objetos que puedan llegar a ser más interesantes de regalar que un libro, tanto para quien lo hace como desde la perspectiva de quien lo recibe. No creo que haya otro obsequio tan revelador de nuestro conocimiento del destinatario como un volumen bien escogido, amén de los infinitos mensajes que es posible enviar de esta manera. Pero para esto se precisa de cierta familiaridad tanto con el agasajado como con el libro en sí y por ello no suelo regalar libros que no haya leído previamente.

Aún así no me gusta agonizar en exceso sobre estos detalles y, lejos de intentar hallar el libro perfecto para cada persona, nunca me ha importado regalar un mismo libro en múltiples ocasiones: quizá no tanto por su carácter polivalente como por alardear de un hallazgo interesante. Y otras veces, las menos, la audacia me conduce a errores como regalar Nocturna, una novela escrita a cuatro manos por Guillermo del Toro y Chuck Hogan (o posiblemente bosquejada por el primero y pulida por el segundo). Cuando, meses después de haberla hecho llegar a su inocente destinataria, me interesé por sus hipotéticas bondades la recibí en préstamo como respuesta. Y venganza.

En Cómo hablar de los libros que no se han leído Pierre Bayard reflexiona acerca de hasta qué punto es posible dar un libro por leído si el tiempo nos ha hecho olvidar buena parte de su contenido. Así, es revelador que el recuerdo más vivido que conservo de Nocturna sea el de una horrible traducción que mezclaba modismos españoles con americanos, siguiendo las instrucciones de Del Toro para obtener un texto comercializable en ambas orillas del Atlántico. Y aunque nunca he tenido problemas con libros escritos en una variedad del castellano que no fuera la mía, esta traducción frankensteiniana se me antojó artificiosa y muy alejada de la quimérica neutralidad lingüística que se perseguía. Por lo demás, Nocturna se trata de una genérica novela de vampiros en la que los chupasangres asumen su tradicional rol de villanos, en un giro que casi extraña en estos tiempos de muertos vivientes crepusculares. El argumento se limita a calcar la plantilla legada por Drácula y suplementada por El misterio de Salem's Lot, ahondando en un concepto de vampiro que Del Toro ya había esbozado en Blade II. Pero no recuerdo haber disfrutado demasiado con la lectura de Nocturna y cuando llegó el momento de devolverlo a su dueña lo hice con una disculpa, prometiendo esforzarme más con futuros obsequios. Quizá un inconsciente deseo de penitencia sea lo que me ha llevado a ver The Strain, la esperable adaptación televisiva de una novela madre ya aumentada a trilogía.