17 de septiembre de 2014

Contrarrevolución

Una de las visiones del rock que encuentro más difícil de asimilar es la que se esfuerza en retratarlo como una disciplina de carácter monolítico, regulada por múltiples normas y poblada por un número creciente de artistas intocables y discos imprescindibles. Un melómano ya no puede limitarse a cultivar las parcelas de su interés porque el eclecticismo ha dejado de ser una opción personal para convertirse en algo exigible a todo connoisseur. De este modo, cada uno de los álbumes que aparecen entre los quinientos mejores de todos los tiempos según la NME (o en cualquier otra lista de moda) merece nuestra atención y su escucha es exigible, sin importar que prefiramos el punk o el funk: el hipsterismo se ha consolidado como la vertiente musical del pensamiento único.

Este afán por considerar el rock como una rama más del saber puede verse con claridad en una película como School of Rock, que señala los estrechos cauces por los que debe discurrir la música popular y el inmenso número de vacas sagradas que han de ser respetadas por su contribución a la misma. En esta película el rock deviene en una forma de expresión conservadora, rebelde en apariencia pero desprovista de toda capacidad para vehicular mensajes ajenos al discurso dominante y con el gusto por la hagiografía habiendo reemplazado a su antiguo carácter iconoclasta. Es cierto que la música se muestra aquí como una forma de protesta pero al mismo tiempo aparece vacía de contenido, institucionalizada y asimilada por el propio sistema para desactivarla. Y sin embargo School of Rock suele ser considerada una obra inofensiva, con el doblaje del protagonista por Dani Martín como único aspecto negativo que suele mencionarse. Aunque por mi parte encuentro particularmente divertido que el nombre de Siouxsie and The Banshees aparezca escrito en la pizarra de la clase con la misma errata con que solía figurar en tantos flyers de los antros góticos que solía visitar en mi adolescencia tardía.

29 de agosto de 2014

La ciudad de los antiguos

Ya antes de su estreno Prometheus era una película polarizadora, que dividía al público entre quienes aplaudían el retorno de Ridley Scott a sus raíces y los que criticaban la reescritura del guión llevada a cabo por Damon Lindelof. Pero mi sensación tras el primer visionado fue la de hallarme ante una obra incompleta, protagonizada por personajes cuya motivación era un misterio impenetrable y con un argumento que parecía tejido en ganchillo, de puro agujereado. En aquel momento pensé que, como ya ocurriera con El reino de los cielos, un futuro montaje del director solucionaría parte de estos problemas. Pero en esta ocasión la respuesta de Scott fue que la versión estrenada en cines era la definitiva y que ahí quedaría todo, al menos hasta la incierta llegada de un segundo capítulo. Pero los dos años transcurridos desde entonces han hecho que pueda revisitar esta película con ánimo de disfrutarla a despecho de sus numerosas deficiencias: no en vano Prometheus goza de un arranque extraordinario, capaz como pocos de generar expectación. Y aunque el fantástico diseño de producción no oculte lo absurdo de ciertos momentos, al menos Scott nunca llega a olvidar que está contando una historia. Eso sí, deslavazada y poco amiga de regalar nada al espectador, a quien se exigirá un hercúleo esfuerzo para interpretarla.

Pero el gran reproche que no puedo dejar de hacer a Prometheus es su semejanza con En las montañas de la locura de H. P. Lovecraft, una novela con la que comparte un buen número de premisas y cuya influencia es más que evidente. El tono de Prometheus no es en absoluto lovecraftiano pero ambas obras narran cómo la vida en la Tierra fue creada por una raza alienígena - cuya motivación no se llega a explicar - y que posteriormente tendría problemas con otra de sus creaciones. Se ha especulado con que Prometheus ha dificultado enormemente el proyecto de Guillermo del Toro de dirigir una adaptación de En las montañas de la locura; aunque alguna voz autorizada ha llegado a afirmar que tal adaptación ya lo tenía difícil a menos que se desnaturalizara considerablemente para eliminar escollos como la inexistencia de subtramas amorosas y la ausencia de final feliz.

20 de agosto de 2014

Manzanas rojas

Una de las categorías empleadas con menos acierto a la hora de hablar de cine probablemente sea la comedia romántica. Casi cualquier narración que tenga como eje una historia de amor de tono amable (o al menos no abiertamente trágico) es susceptible de ser clasificada bajo esta etiqueta, cada vez más despojada de su valor descriptivo por este tipo de abusos. Aún así, una película como Zack and Miri Make a Porno podría ser considerada con relativo acierto como una comedia romántica al uso a pesar de su sorprendente envoltorio y, sin embargo, sería necesario carecer de todo criterio para hacer extensiva la misma categoría a Don Jon.

Algo similar ocurre con Ruby Sparks, una cinta clasificada como comedia romántica a despecho de un elemento humorístico mínimo y completamente accesorio. Mis prejuicios me hubieran preparado para una historia predecible, convencional y completamente inofensiva que habría preferido ignorar para dedicarme a otros menesteres más interesantes. Sin embargo mi curiosidad despertó al verla mencionada junto a otras obras dedicados a los amores artificiales (en la línea de la algo insulsa Her) y me animé a verla, encontrándome con una interesante aproximación fantástica al ya algo desgastado mito clásico de Pigmalión. Pero el aspecto más notable de Ruby Sparks es que la historia de amor arranca donde la mayoría suelen concluir, con la fase del romance obviada para dar paso a la convivencia y tratando un tema tan interesante como la necesidad de abrazar el cambio propio en lugar de propiciar el ajeno. El desenlace se resuelve con cierta torpeza, consistiendo en un deus ex máchina que proporciona el esperable final feliz.

A pesar de todo algunos detalles menores resultan difíciles de digerir, como el hecho de que las únicas referencias literarias manejadas por un escritor estadounidense sean tan evidentes como Salinger y Fitzgerald. También resulta estridente el uso de product placement para retratar a los personajes a través de la tecnología que emplean, con el protagonista utilizando un iPhone como única opción posible para una personalidad creativa mientras que su hermano, un gris ejecutivo, emplea una BlackBerry mostrada fugazmente. Tampoco creo que hoy existan demasiados escritores que ejerzan su oficio con una máquina de escribir por toda herramienta, por mucho amor por lo analógico que se posea (o se quiera afectar). Pero esta manida imagen del escritor aporreando tan ruidoso artilugio será dejada de lado al final de la película, cuando nuestro héroe decide reemplazarlo por un MacBook y así contribuir a la cansina mitología creada en torno a Apple.