23 de octubre de 2014

La maqueta era mejor

Durante mi primera adolescencia la publicación de ciertos libros o discos y el estreno de determinadas películas hacía que me invadiera una gran premura por disfrutar cuanto antes del objeto de deseo en cuestión. Así, recuerdo haber ido a comprar Songs of Faith and Devotion durante una tormenta de órdago o haber hecho novillos para conseguir Wild Mood Swings, amén de las numerosas ocasiones en que intenté arrastrar a alguien al cine para ver cualquier estreno "imprescindible". Pero el paso de los años ha templado aquella ansiedad juvenil y hoy son pocas las cosas capaces de generarme un sentimiento de anticipación comparable al que experimentaba entonces ante demasiadas novedades.

Por ello, no creo que tuviera prisa por leer Indies, hipsters y gafapastas y el hecho de que un ejemplar que aún conserva el calor de la imprenta haya llegado a mis manos no ha sido más que una casualidad, fruto de la visita a una librería bastante coqueta. Una reseña y un par de entrevistas a su autor, el periodista y crítico musical Víctor Lenore, habían bastado para despertar mi curiosidad por un ensayo que prometía contundencia en el tratamiento de unos temas por los que llevaba tiempo interesándome. Pero al mismo tiempo me extrañaba que toda la información sobre la obra me hubiera llegado a través de medios generalistas mientras la mayoría de los especializados mantenían un obstinado y conspicuo silencio.

Este último detalle evidencia la naturaleza controvertida de una obra que, más que a su facilón título, es fiel al subtítulo Crónica de una dominación cultural. En sus ciento cincuenta páginas (alguna menos si descontamos las ocupadas por un interesante prólogo firmado por Nacho Vegas) Lenore habla, entre otras cosas, de la homogeneización cultural impulsada desde la esfera corporativa, del predominio absoluto de la estética sobre la ética y de cómo se construyen identidades personales a través de hábitos de consumo. Además, el texto se detiene en aspectos quizá más intrascendentes pero destinados a incomodar a los aficionados a trazar una divisoria entre lo que mola y lo que no, a modo de frontera que solo puede cruzarse al abrigo del vergonzante concepto de placer culpable o protegido por una pose irónica. Indies, hipsters y gafapastas es una lectura amena y hasta liviana, a pesar de su gran densidad referencial y unos esporádicos toques sesudos que no pueden ni deben evitarse si se pretende emplear con precisión conceptos como clase o cultura. Pero la principal virtud del libro es conseguir un tremendo nivel de vigencia sin caer en la coyunturalidad o en la anécdota, proporcionando unos análisis libres de humor fácil y que retratan con acierto algunas de las formas de esnobismo más perniciosas que ha dado nuestro siglo.

17 de octubre de 2014

Con pico y barrena

En alguna ocasión he mencionado cómo mi aprecio por el terror hace que me resulte fácil rebajar mis expectativas y disfrutar de casi cualquier película del género, por infumable que sea el guión y evidentes sus monstruos de goma o píxel. Tanto es así que a veces llega a bastar con que un filme incluya un guiño o referencia a algo que cautive mi interés para que le otorgue mi sello de aprobación casi sin reservas, aunque se trate de un tostón casi irredimible.

De estas mencionadas referencias las lovecraftianas son sin duda las que encuentro más encantadoras y por eso no he tenido problemas en encontrar atractivo en una película como The Burrowers, modesta hasta el punto de no haber sido estrenada en salas a pesar de su decente factura. Pero antes que a la obra del caballero de Providence, The Burrowers me ha recordado al ambiente generado durante una buena partida de La llamada de Cthulhu, con muchos de sus tics y convenciones. Y es que The Burrowers remite inevitablemente a la mitología cthulhoidea ya desde un título que recuerda a la novela The Burrowers Beneath de Brian Lumley.

The Burrowers aúna terror y western para crear un interesante mejunje que se podría clasificar bajo la innecesaria etiqueta weird West, aunque su argumento también adquiere una mínima dimensión social a través de los paralelismos trazados entre los personajes del inmigrante irlandés y el liberto negro. La acción transcurre a finales del siglo XIX y narra el intento de rescate de una familia de colonos que en apariencia ha sido raptada por una partida de guerra india. La realidad resultará ser mucho más siniestra y poco a poco se introducirá un componente sobrenatural que finalmente dará paso a una revelación climática que sin embargo no encontré del todo satisfactoria, enturbiada por alusiones vampíricas que me parecían fuera de lugar en una película de inspiración si no plenamente lovecraftiana, sí muy cthulhoidea. Así mismo es posible que unos minutos de más le fueran extirpados a The Burrowers en la sala de montaje, evidenciándose este punto en lo apresurado de una resolución que sin embargo no le resta demasiado brillo a un descorazonador final, sorprendente pero no del todo imprevisible.

30 de septiembre de 2014

Épica empresarial

Hace algunas semanas que finalmente encontré la ocasión de leer Retromania de Simon Reynolds, una exhaustiva obra sobre las múltiples maneras en las que la cultura actual se autofagocita. El texto podría haber sido menos prolijo pero a cambio el análisis de las formas en las que la cultura es consumida en la actualidad resulta muy esclarecedor, centrándose sobre todo en lo musical pero sin olvidar otros medios. Reynolds incluso tiene en cuenta la importancia de la moda, insustancial en apariencia pero capaz de fijar de manera perenne la imagen de una época en el imaginario colectivo. Sin embargo, un elemento interesante en el que Retromania no se detiene es el creciente interés en nuestros días por la historia de la informática de consumo y la nostalgia por los primitivos ordenadores personales de los años setenta y ochenta del siglo pasado. El llamado retrogaming está en auge y hasta mi viejo Amstrad CPC ha dejado de ser una antigualla inútil para adquirir un inesperado estatus como pieza de coleccionista.

La reciente serie Halt and Catch Fire trata de capitalizar este interés en la paleoinformática, sazonándolo además con algo de la ubicua nostalgia ochentera que se resiste a dejar paso al recuerdo de otras décadas. De manera similar a lo que ya hiciera un telefilme como Pirates of Silicon Valley con las muy reales Apple y Microsoft, Halt and Catch Fire narra los esfuerzos de la ficticia Cardiff Electric por diseñar un PC portátil compatible con las máquinas de una IBM que por entonces aún fabricaba hardware. Por desgracia Halt and Catch Fire no pasa de ser un insulso relato sobre el heroísmo corporativo, donde los personajes se obsesionan con llevar a cabo un proyecto que saben más grande que ellos mismos pero perciben como una expresión de su propia individualidad. Lo discordante de esta visión no deja espacio para el drama humano y no hace sino reflejar las contradicciones de un sistema en el que todos somos engranajes.