26 de enero de 2015

Estaba de parranda

El apocalipsis zombi como excusa narrativa para llegar al "fin del mundo tal y como lo conocemos" ha sido usado tan a menudo que su más mínima insinuación me conduce sin demora al aburrimiento. A pesar de ello la fuerza de la costumbre hace que siga comprando - y leyendo - cada nuevo volumen publicado de The Walking Dead, un cómic que desde hace mucho evidencia el agotamiento de su fórmula a pesar de esporádicos destellos de genio. A la lectura del tebeo suelo añadir el visionado de su adaptación televisiva aunque cada vez acudo más tarde a la cita anual con Rick y compañía, tal vez por forzar un ilusorio distanciamiento del ubicuo fenómeno Z.

Pero a pesar de este y otros pequeños esfuerzos los zombis siguen sin escasear en mi dieta y, además de recuperar clásicos como Return of the Living Dead, la curiosidad a veces me lleva a aproximarme a productos de consumo de masas como World War Z, de torpe guión y unos efectos visuales que llegan a ser hilarantes en su afán por deslumbrar. Por si fuera poco, no hace mucho que he recibido una copia de Dead State, más de dos años después de haber participado en su campaña de financiación en Kickstarter. Eran otros tiempos, en los que el hastío ya me invadía ante la sola mención de la palabra zombi pero aún era capaz de disfrutar jugando a Dead Island o leyendo The Walking Dead.

Las semejanzas argumentales entre esta última obra en cualquiera de sus dos encarnaciones y Dead State fueron un poderoso aliciente a la hora de decidirme a pagar por la promesa de un videojuego. Con un protagonista que se recupera de un accidente tan solo para despertar en pleno apocalipsis zombi, Dead State sigue la estela dejada por obras como 28 Days Later o la ineludible The Walking Dead. Y como en esta, nuestro héroe se convertirá en líder de un pequeño grupo de no muy bien avenidos supervivientes que podrán ser dirigidos con infinita benevolencia o a sangre y fuego. Pero fue la mecánica del juego lo que realmente despertó mi interés, con un combate por turnos que auguraba interesantes posibilidades tácticas frente a las hordas de muertos vivientes. Es una pena que este componente táctico no haya sido aprovechado más a fondo y que el resultado final pierda lustre por culpa de controles poco intuitivos, un nefasto sistema de gestión del inventario y la usual miríada de bugs. A pesar de todo, Dead State es completamente jugable tras haber recibido parches que solucionan algunos de sus problemas más acuciantes y mientras continuo explorando con interés el estado de Texas me pregunto cuál será el final de una historia que, al igual que The Walking Dead en palabras de su creador, parece concebida para que no finalice nunca.

16 de enero de 2015

Bienvenido a la colonia

Nunca he dejado de considerarme un seguidor confeso de la obra de Stephen King aunque la lista de mis lecturas recientes se obstine en mostrar que mi antiguo interés casi se ha esfumado. Y es que ya ha transcurrido más de un lustro desde que leyera el díptico formado por las novelas Desperation y The Regulators, que a su vez fueron publicadas originalmente hace casi veinte años. Quizá la causa de que, a pesar de todo, nunca haya contado a King entre mis autores preferidos sea un prurito esnob pero sí lo considero un valor seguro y he recurrido a él en al menos un par de ocasiones para superar un bache en mi hábito lector.

Sin embargo me ha costado disfrutar con Under the Dome, quizá porque en lugar de enfrentarme a un libraco de más de mil páginas he decidido conformarme con su adaptación televisiva. La presencia del propio King como productor ejecutivo - junto a su casi tocayo Steven Spielberg - parecía garantizar un mínimo de fidelidad a la novela pero Under the Dome ha resultado ser casi tan inane en el aspecto narrativo como genérica en el visual. Tanto en el original como en la adaptación la cúpula invisible que separa el pueblo de Chester's Mill del resto del mundo es el principal interrogante, aunque en la serie veremos a los personajes inmersos en dinámicas sociales del tipo "hoy te ajunto pero mañana no" y otras igualmente propias del patio de un colegio. Y mientras contemplamos el product placement de Microsoft, Toyota y Arcade Fire la trama se embrolla de tal manera que un final satisfactorio parece imposible. Stephen King se ha visto prácticamente obligado a salir a la palestra para defender las virtudes de una serie que no se parece demasiado a su novela y que más bien parece una reinvención: el escritor no fue tan generoso con la adaptación de The Shining filmada por Stanley Kubrick.

En este punto es casi obligatorio recordar Lost, también dotada de un guión sobre el que un gran enigma proyectaba su sombra aunque los personajes dedicaran buena parte de su tiempo al fárrago de lo trivial. Pero la premisa inicial de Under the Dome me ha hecho pensar sobre todo en Gothic, un videojuego en el que también existía una barrera similar como elemento central, aunque en este caso hubiera sido creada ex profeso para mantener aislada una colonia penitenciaria del resto del mundo. Simplemente era algo bajo lo cual el protagonista de Gothic tenía que vivir mientras se dedicaba a contar una historia más interesante.

30 de diciembre de 2014

Volverán los oscuros golondrinos

Además de a nuestros destinos, el transporte público nos conducirá inevitablemente al extravío de algunas pertenencias. Paraguas, guantes y hasta sombreros han sido las víctimas usuales de mis despistes pero nunca hasta ahora había perdido un libro. Quizá el motivo sea que estos fieles compañeros no suelen abandonar mis manos mientras me encuentro en camino a donde sea, por no mencionar que el ruido que producen al caer no pasa tan inadvertido como el de una bufanda. Pero es más posible que esta ausencia de pérdidas haya sido un caso de inaudita buena suerte, tras no pocos años como estudiante y toda una vida de lector. Por supuesto que durante ese tiempo unos cuantos volúmenes han desaparecido de mi biblioteca, aunque la mayoría de bajas se hayan debido a préstamos no culminados en devolución o a accidentes tan vergonzantes como el sufrido por mi primera copia de Ghost World.

Sea como fuere, el disgusto causado por esta primera pérdida ha sido mayúsculo, en parte por la inversión no amortizada (¡doce euros por un libro de bolsillo!) pero también por lo que el suceso tiene de afrenta a la literatura. Y es que el libro extraviado no se trataba de cualquier novelucha escogida para amenizar recorridos por los intestinos de Madrid, sino de una copia de Cien años de soledad cuya lectura llevaba cerca de un año postergando. Me entristece pensar en el destino del pobre libro, que languideció en mis estanterías durante todos aquellos meses tan solo para ser torpemente perdido cuando apenas acababa de meterle mano a su primer centenar de páginas. Sus compañeros de anaquel, capitaneados en su ausencia por El amor en los tiempos del cólera, lo esperarán en vano y solo me consuela pensar que tal vez haya terminado en manos de otro lector. Y como abandonar una lectura con la que estaba disfrutando tanto es impensable solo me resta decidir el modo en que reemplazaré el libro perdido: bien con una nueva copia de la excelente edición de Cátedra, bien con alguna alternativa digital que resulte menos onerosa.

Aunque esta no era la primera vez que me enfrentaba a la que casi todos consideramos una de las obras magnas de Gabriel García Márquez, nunca lo había hecho mediante mi propio ejemplar, sin recurrir a préstamos bibliotecarios o de conocidos. Es esta una de las pocas novelas que he releído en más de una ocasión y aunque mi último encuentro con el texto se haya visto truncado por el extravío la sensación de familiaridad que sentía al recorrer sus páginas era abrumadora, muy lejos del usual desconcierto causado por la profusión de José Arcadios y Aurelianos que las pueblan. Incluso llegué a recordar cómo conocí la obra, a través de un pasaje incluido en algún libro de lectura de EGB, que narraba cómo el patriarca de los Buendía hallaba la armadura de un conquistador mientras buscaba oro con los imanes de Melquiades. Y al igual que el tesoro jamás encontrado, este tipo de recuerdos son lo bastante raros y valiosos como para hacer que Cien años de soledad ocupe un lugar especial en mi memoria, si no en mi estantería.