21 de abril de 2014

Verdún fue peor

A excepción de la cobertura recibida por algunos actos conmemorativos el inminente centenario de la Primera Guerra Mundial está pasando desapercibido en los medios de comunicación, aunque quizá sea más llamativa su casi total ausencia de las obras de ficción recientes. Eclipsada por la Segunda Guerra Mundial, la entonces llamada Gran Guerra siempre ha ocupado un segundo plano en cine, literatura y demás, quizá debido a una mayor ambigüedad aparente: por contra, es demasiado fácil reducir la Segunda Guerra Mundial a uno de esos asuntos de buenos contra malos tan del gusto de la ficción popular.

Pero precisamente me he decidido a leer ¡Puta guerra! huyendo de relatos de ese tipo, superando al mismo tiempo el recelo que me inspiraba un Jacques Tardi del que conocía poco más que Las extraordinarias aventuras de Adèle Blanc-Sec. Antes que con las correrías de tan antipática heroína, ¡Puta guerra! comparte espíritu con La flor en el fusil, si bien despojada de elementos de ficción para dotarse de una intención documental no muy alejada de autores como Joe Sacco. La obra no contiene diálogos y su texto - recogido en cartelas - consiste en las reflexiones de un soldado francés cualquiera, complementadas por unas ilustraciones de gran crudeza que dan forma a un potente alegato antibélico. Acompaña al cómic de Tardi un extenso ensayo de Jean-Pierre Verney, historiador experto en la Primera Guerra Mundial. Ilustrado con numerosas fotografías, este dossier funciona como una recapitulación de lo ocurrido en la contienda mientras hace hincapié en aspectos usualmente ignorados, como el papel desempeñado por los soldados procedentes de las colonias británicas y francesas o la presencia de unidades del ejército norteamericano formadas por negros pero capitaneadas por oficiales blancos. Así mismo, tanto el cómic como el dossier abordan el injusto destino de los soldados franceses ejecutados por deserción o cobardía, un tema que aún hoy sigue siendo polémico en Francia y que François Hollande ha tratado de resolver hace unos meses al rehabilitar a estos soldados en su conjunto.

Por último, la casi irreprochable traducción resulta problemática en algunos puntos y, además del abuso de una palabra tan poco neutral en castellano como generalísimo, se advierte una gran falta de consistencia en el tratamiento de los nombres propios (si es que a alguien le importa que el káiser Guillermo y el emperador Charles convivan en un mismo texto). Por lo demás, el volumen es el primer cómic publicado en castellano que llega a mis manos tras haber sido impreso en China, en una práctica editorial recién importada de los EE.UU. que nos muestra que, al igual que la guerra, la deslocalización tampoco entiende de fronteras.

31 de marzo de 2014

Me arrepiento de nada

Estos días son habituales los lamentos a propósito del declive de la agenda cultural madrileña, evidenciado en los cierres de sus cines, teatros y salas de conciertos. Pero en lo relativo a estas últimas hace ya años que tengo la sensación de que su posición como alternativa de ocio ocupa un plano cada vez más discreto, con la mayoría del público limitándose a asistir a las actuaciones de bandas de las que ya es fan e ignorando a los grupos noveles. Estos últimos se ven así desprovistos de uno de los canales más efectivos para dar a conocer su música, a despecho de lo que nos han contado acerca de las posibilidades que ofrece internet.

Espíritusanto ha sido uno de esos grupos que he conocido en un concierto al que asistí de manera casual. Esta banda madrileña aúna un buen número de referencias de los años ochenta y noventa para desarrollar un sonido que, aunque basado en las guitarras eléctricas, le debe no poco carácter a su componente electrónico y a la especial personalidad que le imprime el contar con dos voces, masculina y femenina. Y tras varios EPs y un buen puñado de conciertos en el circuito madrileño (y más allá), la reciente aparición de El fondo del aire es rojo viene a confirmar la claridad de ideas del grupo.

Si bien esta nueva grabación de Espíritusanto no supone una ruptura con lo mostrado en sus anteriores trabajos, sí ahonda en la senda abierta con Femenino/Masculino. El fondo del aire es rojo abandona en cierta medida su intención shoegazer, sin que ello suponga una renuncia a la creación de atmósferas con unas guitarras que no han tenido que perder su filo para ganar en limpieza. Pero dos de sus canciones son las que han capturado mi atención, en especial la ya conocida El eternauta, publicada a comienzos del pasado otoño y que, basada en el cómic homónimo, revela un gusto por la aventura que no sospechaba en una banda que siempre ha hecho alarde principalmente de su cinefilia. Y en segundo lugar País dogón, un tema que el grupo lleva interpretando en directo prácticamente desde el principio de su trayectoria y que, gracias a la intensidad benaventiana de su interpretación vocal, llega a recordar por momentos a los mejores Parálisis Permanente. Pero con un total de seis pistas El fondo del aire es rojo es un EP generoso, con maneras que presagian la llegada de un futuro álbum.

P.S. La música de Espíritusanto se puede escuchar de manera gratuita aquí.

24 de marzo de 2014

Círculos de piedra

El cine de terror me ha parecido un valor seguro desde que tuve edad para disfrutar de cierta autonomía televisiva. Incluso cuando todavía era posible frecuentar videoclubes la sección de terror era mi primera parada si lo que buscaba era simplemente pasar un buen (mal) rato. Y es que, aunque encontrar malas películas en el campo del horror sea tan fácil como en cualquier otro género, siempre he pensado que sí es más difícil que sean aburridas - al menos si se goza de disposición macabra y buenas tragaderas. Pero lo cierto es que en los últimos años no he mostrado tanto interés por el horror cinematográfico como solía, a pesar de que la aclamada The Cabin in the Woods haya hecho bastante por revivir mi interés en el mismo. Igualmente, The Conjuring me ha parecido un esfuerzo más que notable, descollando por encima del resto de la obra reciente de James Wan.

Sin embargo, la película que realmente me ha hecho recordar qué encontraba de atractivo en aquellos terrores sobrenaturales e inverosímiles asesinos del hacha ha sido Kill List, una cinta británica difícil de encuadrar en un género determinado. Argumento y tono evolucionan sin pausa durante su hora y media de duración y lo que comenzaba como un aparente drama familiar no tardará en dar paso a una historia de asesinos a sueldo que en su último tercio desciende al horror. Kill List ha sido comparada con Wicker Man, con la que además del elemento pagano como fuente de oscuridad comparte una parecida resolución y un protagonista similarmente antípatico: en este caso un Neil Maskell tan inquietante aquí como en su rol en la reciente Utopia. Pero además de una historia fascinante, Kill List constituye un buen ejemplo de cómo hacer terror de bajo presupuesto sin caer en la aburrida trampa del found footage.